Los caminos que siguen las nubes, nadie lo sabe, y las ensortijadas sendas por donde juguetean los vientos, no hay modo de enderezarlas a gusto nuestro. El tiempo tiene mucho de niño travieso y, a menudo, maleducado, culpable de catastróficas avenidas, del resbalón y el barro.
Todos celebran que haya adivinos del tiempo que hará mañana. Siempre los hubo, más estimativos que certeros, gracias a la credulidad de gente. Es cierto que nuevas técnicas y sofisticados artificios que nos dibujan como desde los ojos de un ángel la tierra y la evolución de los curvos frentes de frío o calor, azules o rojos, se acercan cada día más a lo que quiere ser una ciencia meteorológica de predicción segura, pero no deja de ser una ciencia inexacta que destina distraídamente lluvia donde luego no llega y abre ventanas de espléndido sol, que ni llegan a entreabrirse después. Por alguna razón, tal vez estética, suelen ser voces femeninas las que nos pronostican que no siempre ocurrirá mañana Y es que estamos hablando del futuro, y el futuro no es tan previsible siempre como pretende el hombre/a. El futuro está ahí, al alcance de la mano, pero fuera siempre de nuestro alcance. Al fin y al cabo, hoy por hoy, el futuro no existe. Lo imaginamos sólo y con frecuencia no acertamos.
lunes, 15 de marzo de 2010
domingo, 14 de marzo de 2010
Epitafio de Miguel Delibes
Miguel Delibes lastimosamente nos ha dejado, como era presumible, dada ya la agudeza de sus achaques. Llevaba un rejón de muerte clavado en el corazón enclenque de su añosa debilidad. Queda su nombre y su grata memoria. Su nombre, por cierto, entronca con tocayos insignes suyos como Cervantes o Mihura, escritores eximios como él, porque de novelista entreverado de dramaturgo tenía mucho su obra narrativa. El camino, Las ratas, Los santos inocentes, Cinco horas con Mario, le sobrevivirán.
Pienso por analogía en Teresa de Jesús, que nos ha dejado sublimado en sus obras el habla corriente de su tiempo con que educaba a sus monjas, ajena a los melindres del lenguaje. Miguel Delibes deja el de sus pueblos castellanos, que igualmente ya nadie habla. Son memoria viva de nuestra lengua, que siempre podremos paladear en la mesa de su bien decir, exacto, preciso, sencillo y austero, como su tierra.
Dijo no hace tanto que no temía a la muerte, toda vez que la consideraba un accidente de la vida. Comprensible gesto de serenidad en la hoja de ruta de un hombre creyente como él. Sabía que más allá de sus libros, la mano de Dios bendecía su boonomía y le tenía abierta la puerta hacia la luz que no acaba.
Quienes le trataron dicen de él que era un hombre bueno. Que Dios le tenga ahora, junto al brasero eterno de su bondad, tan cerca, como sus lectores lo están de él.
Pienso por analogía en Teresa de Jesús, que nos ha dejado sublimado en sus obras el habla corriente de su tiempo con que educaba a sus monjas, ajena a los melindres del lenguaje. Miguel Delibes deja el de sus pueblos castellanos, que igualmente ya nadie habla. Son memoria viva de nuestra lengua, que siempre podremos paladear en la mesa de su bien decir, exacto, preciso, sencillo y austero, como su tierra.
Dijo no hace tanto que no temía a la muerte, toda vez que la consideraba un accidente de la vida. Comprensible gesto de serenidad en la hoja de ruta de un hombre creyente como él. Sabía que más allá de sus libros, la mano de Dios bendecía su boonomía y le tenía abierta la puerta hacia la luz que no acaba.
Quienes le trataron dicen de él que era un hombre bueno. Que Dios le tenga ahora, junto al brasero eterno de su bondad, tan cerca, como sus lectores lo están de él.
sábado, 13 de marzo de 2010
Hay un poco de locura en el amor
Examínate a ti mismo. Si amas a Dios y amas a la gente, ajeno a lo que la gente y Dios den en hacer de ti, a juicio de muchos no dejará de tener su pizca de sinrazón tu comportamiento. Hay un poco de locura en tu amor, y en el amor en general.
Digo esto, porque he leído unos pensamientos de Nietzshe. Reflexionar en lo que otros dicen , es un modo de pensar con ellos, aunque ya no estén ni acabe de comulgar uno con su peculiar escepticismo.
F. Nietzshe es un pensador ateo que no dejó de pensar en Dios y concretamente en Jesús, a quien envidiaba por su grandeza de ánimo y su sabiduría.
Y dice bien el alemán. Está muy ajustado eso de que siempre hay un poco de locura en el amor. Claro que la hay; el amor no es racional y no tiene medida. De ahí sus desafueros. Cristo mismo es la locura de Dios, porque su amor carece de orillas que lo limiten.
Si pensamos por qué motivo amó Dios al mundo de tan desmedida manera, comprenderemos que, siendo él mismo amor infinito por naturaleza, irremediablemente tenía que amar sin tino. Es razonable y comprensible, por tanto, su locura. No sólo hay entonces un poco de razón en su locura; hay incluso mucha razón en tan entrañable modo de darse, porque el amor es darse o no es amor, dejar de ser por otro o no es amor, gracias a Dios.
Digo esto, porque he leído unos pensamientos de Nietzshe. Reflexionar en lo que otros dicen , es un modo de pensar con ellos, aunque ya no estén ni acabe de comulgar uno con su peculiar escepticismo.
F. Nietzshe es un pensador ateo que no dejó de pensar en Dios y concretamente en Jesús, a quien envidiaba por su grandeza de ánimo y su sabiduría.
Y dice bien el alemán. Está muy ajustado eso de que siempre hay un poco de locura en el amor. Claro que la hay; el amor no es racional y no tiene medida. De ahí sus desafueros. Cristo mismo es la locura de Dios, porque su amor carece de orillas que lo limiten.
Si pensamos por qué motivo amó Dios al mundo de tan desmedida manera, comprenderemos que, siendo él mismo amor infinito por naturaleza, irremediablemente tenía que amar sin tino. Es razonable y comprensible, por tanto, su locura. No sólo hay entonces un poco de razón en su locura; hay incluso mucha razón en tan entrañable modo de darse, porque el amor es darse o no es amor, dejar de ser por otro o no es amor, gracias a Dios.
viernes, 12 de marzo de 2010
La agenda nuestra de cada día

A mi izquierda, en mi mesa de trabajo, tengo la agenda siempre a mano, como un perro fiel.
La agenda es como una memoria previsora de lo que ha de hacerse, una memoria al revés que nos recuerda, por anticipado, quehaceres y compromisos. No es ese espacio indefinido y muerto de todo lo que ya no es que llamamos memoria, archivo de recuerdos que guarda lo que ya hemos hecho. La agenda, siempre avisada y despierta, clasifica y ordena lo que aún está por hacer y no debemos descuidar por olvido. Entra de lleno en el ámbito de nuestras fidelidades y compañías, por su utilidad puntual, y nos releva de esa onerosa responsabilidad de tener presente lo que no es fácil retener mentalmente con el orden y puesta a punto con que nos avisa ese efímero librito entreverado de secretaria y calendario que es la agenda.
Agendas desechadas de años y tiempo sobrepasados, todavía servirían para consultar fechas y datos que a veces interesa recordar. Pero no es ese su cometido específico, y concluido el ciclo anual que le da sentido y actualidad, nos desprendemos de ella, sustituida por la que abrimos con el año nuevo, como en un relevo de hojas en una primavera anticipada de papel.
Esto que ahora escribo no figura en la agenda. Hay cosas tan habituales, que no hace falta que nadie nos las recuerde, como levantarse por la mañana, como añadir un blog a los precedentes en nuestro dietario, como tantas cosas. En su conjunto, la vida, tan corta siempre, tan intensa, no cabe en una agenda. Ni cabe en un blog.
jueves, 11 de marzo de 2010
El desván de la memoria
Los estrechos límites de la memoria obliga a más de uno a establecer alguna extensión donde depositar lo que de otro modo quedaría relegado al olvido de un momento a otro. Es una manera útil de delegar en lugares convenientemente reservados la función de hacer presente en la conciencia lo que de suyo la memoria tiende a recortar.
La memoria es un desván a veces muy a trasmano donde no es fácil poner en orden disciplinado y riguroso lo que le llegas como en tropel y hasta a destiempo. Es la despensa de la inteligencia y de la vida, ya que se nutre prácticamente de todo. Palabras, datos que va coleccionando el conocimiento, experiencias de todo tipo que hieren o acaricias los sentidos, emociones, todo acaba por apilarse en el hondón sin orden de la memoria.
La memoria queda a veces tan atiborrada de datos y nociones, que tiende a desaguar sus excesos descargando contenidos como quien gotea y que quedan así relegados al olvido, ese aliviadero y excusado, con perdón, de la memoria. Claro que hay memorias privilegiadas que lo consignan todo, lo registran todo, lo fijan y graban todo; memorias que lo tienen todo siempre a punto como en bandeja con ejemplar puntualidad y prontitud. La mía es un desastre y su estrechez desastrosa..
No me queda otro recurso que aportarle un sucedáneo que cubra sus carencias: la agenda. En la agenda está todo minuciosamente estructurado y medido: los meses, uno tras otro como orugas procesionarias, las semanas, los días con su numerada precisión, con cifra y el nombre correspondiente, señalando los festivos y laborables, unos renglones suficientes para reseñar sucintamente el dato que hay que hacer presente en su día, y una cinta de color que te precisa el día exacto en que estás, delicado pormenor que no acostumbra a tener muy en cuenta mi distraído quehacer.
Dicen que la memoria es la inteligencia de los tontos. Menos mal: yo no tengo memoria. Tengo agenda.
La memoria es un desván a veces muy a trasmano donde no es fácil poner en orden disciplinado y riguroso lo que le llegas como en tropel y hasta a destiempo. Es la despensa de la inteligencia y de la vida, ya que se nutre prácticamente de todo. Palabras, datos que va coleccionando el conocimiento, experiencias de todo tipo que hieren o acaricias los sentidos, emociones, todo acaba por apilarse en el hondón sin orden de la memoria.
La memoria queda a veces tan atiborrada de datos y nociones, que tiende a desaguar sus excesos descargando contenidos como quien gotea y que quedan así relegados al olvido, ese aliviadero y excusado, con perdón, de la memoria. Claro que hay memorias privilegiadas que lo consignan todo, lo registran todo, lo fijan y graban todo; memorias que lo tienen todo siempre a punto como en bandeja con ejemplar puntualidad y prontitud. La mía es un desastre y su estrechez desastrosa..
No me queda otro recurso que aportarle un sucedáneo que cubra sus carencias: la agenda. En la agenda está todo minuciosamente estructurado y medido: los meses, uno tras otro como orugas procesionarias, las semanas, los días con su numerada precisión, con cifra y el nombre correspondiente, señalando los festivos y laborables, unos renglones suficientes para reseñar sucintamente el dato que hay que hacer presente en su día, y una cinta de color que te precisa el día exacto en que estás, delicado pormenor que no acostumbra a tener muy en cuenta mi distraído quehacer.
Dicen que la memoria es la inteligencia de los tontos. Menos mal: yo no tengo memoria. Tengo agenda.
miércoles, 10 de marzo de 2010
La gracia del refranero
El refranero es un espacio textual indefinido donde van a parar aquellos dichos proverbiales con que el pueblo sintetiza sus experiencias de la vida diaria, a veces de manera cazurra, y con honda sabiduría siempre. Los refranes no son de nadie en concreto; son un bien mostrenco, y su número nadie lo sabe. E igualmente, su temática, tan rica, que resulta casi inclasificable.
Los hay muy socorridos, como los que pronostican el tiempo y sus circunstancias: - En agosto, miel y mosto. Abril abrilero, cada día dos aguaceros. Febrero venga lluvioso, aunque salga rabioso.
Los hay socarrones: -Para las cuestas arriba quiero mi burro, que las cuestas abajo yo me las subo-, ironiza el aprendiz de arriero.
Sentenciosos: - A Dios rogando y con el mazo dando-, censura el genio popular, sobre el holgazán que está a verlas venir y espera que alguien le saque las castañas del fuego.
Pragmáticos: - El hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra-, denuncia el sabio criterio sobre quien se muestra desprevenido a la hora de sortear los mismos peligros o evitar los mismos resbalones día tras día.
Saber usarlos oportuna y acertadamente es todo un arte. Sancho, incorregible, los hilvanaba disparatadamente a sabor de su voluntad y D. Quijote se indignaba.
El Libro de los Proverbios es el refranero de Dios, donde la divina Sabiduría enseña sensatez al insensato y cordura a todos por igual. Es tan denso el acervo de dichos que contiene, que resulta difícil una selección representativa de la sustancia del libro. Sobre la pereza, leo al azar: -Vinagre en los dientes y humo en los ojos; así es el mensajero perezoso para quien lo envía-. Sobre la diligencia en el trabajo, dice así: - Amontonar en verano es de hombre sensato; dormir en la cosecha es de hombre despreciable-. Contra la avaricia, no se muestra menos expresivo: - Hay quien sabe gastar y va a más; y hay quien ahorra y ahorra más y más, y va cada vez a menos-.Y al contraponer la bondad a la malicia, resuelve así: - La luz de la bondad ilumina espléndidamente; la lámpara de la perversidad tiembla hasta extinguirse.
El contraste paralelístico es la estructura preferida en la expresión de estos saberes, desde el concepto básico de que hay un supremo bien, la bondad de Dios y su sabiduría divina. Es la misma estructura que emplea la poética de los salmos, Palabra de Dios, al fin.
Los hay muy socorridos, como los que pronostican el tiempo y sus circunstancias: - En agosto, miel y mosto. Abril abrilero, cada día dos aguaceros. Febrero venga lluvioso, aunque salga rabioso.
Los hay socarrones: -Para las cuestas arriba quiero mi burro, que las cuestas abajo yo me las subo-, ironiza el aprendiz de arriero.
Sentenciosos: - A Dios rogando y con el mazo dando-, censura el genio popular, sobre el holgazán que está a verlas venir y espera que alguien le saque las castañas del fuego.
Pragmáticos: - El hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra-, denuncia el sabio criterio sobre quien se muestra desprevenido a la hora de sortear los mismos peligros o evitar los mismos resbalones día tras día.
Saber usarlos oportuna y acertadamente es todo un arte. Sancho, incorregible, los hilvanaba disparatadamente a sabor de su voluntad y D. Quijote se indignaba.
El Libro de los Proverbios es el refranero de Dios, donde la divina Sabiduría enseña sensatez al insensato y cordura a todos por igual. Es tan denso el acervo de dichos que contiene, que resulta difícil una selección representativa de la sustancia del libro. Sobre la pereza, leo al azar: -Vinagre en los dientes y humo en los ojos; así es el mensajero perezoso para quien lo envía-. Sobre la diligencia en el trabajo, dice así: - Amontonar en verano es de hombre sensato; dormir en la cosecha es de hombre despreciable-. Contra la avaricia, no se muestra menos expresivo: - Hay quien sabe gastar y va a más; y hay quien ahorra y ahorra más y más, y va cada vez a menos-.Y al contraponer la bondad a la malicia, resuelve así: - La luz de la bondad ilumina espléndidamente; la lámpara de la perversidad tiembla hasta extinguirse.
El contraste paralelístico es la estructura preferida en la expresión de estos saberes, desde el concepto básico de que hay un supremo bien, la bondad de Dios y su sabiduría divina. Es la misma estructura que emplea la poética de los salmos, Palabra de Dios, al fin.
martes, 9 de marzo de 2010
De las espadas forjarán arados
No seré yo quien me oponga a dejarme contagiar por el santo optimismo de Isaías, que predice una edad dorada cuando dice que de las espadas se forjarán arados; de las lanzas, podaderas, una bella frase que bendice en todo tiempo a los artífices de la paz. Al profeta, ese día, le debieron de brillar los ojos, humedecidos por el entusiasmo.
Se trata de la paz mesiánica de Dios, un don divino que sólo el corazón conoce. Lo demás son oriflamas y banderolas.
La paz es el beneficio de poner el amor a todo por encima de intereses egoístas, siempre sombríos. No hay otro bálsamo que lenifique con más efectividad las ácidas ampollas de la exasperación y la rabia. Pero siempre hay una orilla opuesta en el río, donde los resecos cardos de la agresividad picotean la sangre chata de los rencorosos.
Letal ponzoña ésta del rencor. Acabo de leer en algún sitio algo así como que alimentar y vivir del rencor, es como beberse acaloradamente una pócima, para que se muera de una vez por todas el enemigo.
Es el alacrán que se inyecta a sí mismo el veneno de su aguijón.
La paz es más humana. La paz es amable. La paz es tranquila. Como el arado y la
podadera. Como la vida del campo a cielo y corazón abiertos.
Se trata de la paz mesiánica de Dios, un don divino que sólo el corazón conoce. Lo demás son oriflamas y banderolas.
La paz es el beneficio de poner el amor a todo por encima de intereses egoístas, siempre sombríos. No hay otro bálsamo que lenifique con más efectividad las ácidas ampollas de la exasperación y la rabia. Pero siempre hay una orilla opuesta en el río, donde los resecos cardos de la agresividad picotean la sangre chata de los rencorosos.
Letal ponzoña ésta del rencor. Acabo de leer en algún sitio algo así como que alimentar y vivir del rencor, es como beberse acaloradamente una pócima, para que se muera de una vez por todas el enemigo.
Es el alacrán que se inyecta a sí mismo el veneno de su aguijón.
La paz es más humana. La paz es amable. La paz es tranquila. Como el arado y la
podadera. Como la vida del campo a cielo y corazón abiertos.
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