viernes, 7 de mayo de 2010

Campo semántico de la palabra milagro

La palabra hizo el lenguaje, y sin él, la inteligencia no hubiera podido acumular los logros de que disfruta la cultura, como sin flor, un árbol no hubiera podida dar fruto alguno.
Hay que cuidar las palabras, decirlas bien en su engarce oracional, usarlas con propiedad, y a ser posible, con elegancia y sencillez. Lo que exige prestarles atención y estudio para reconocer mejor su perfil significativo y precisar su empleo más correcto.
Precisamente, leía estos días en un culto comentario dedicado al libro de Job, el uso particular que da la Sagrada Escritura a términos como prodigio y maravilla. Parecen significar lo mismo y poder intercambiarse en su uso ordinario, y no es así. La palabra prodigio expresa los hechos grandiosos con que Yahvé libra de sus opresores a su pueblo. Y hay una salvedad, porque esas gestas, referidas a Dios, comportan la calificación de insondables, a diferencia de cuando son los hombres quienes las realizan, claro que en su nombre y por condescendencia suya, como ocurre con Elías. Sucede, además, que también son prodigios los hechos creadores de Dios, en cuyo caso, particularmente en los salmos, se les denomina maravillas. Hay, pues, claras diferencias en hechos que se reputan como prodigios, prodigios insondables y maravillas.
Es bien sabido también que san Juan, en su evangelio, llama signos a los hechos portentosos de Jesús, considerados desde el contenido que comporta su enseñanza; los demás evangelistas prefieren denominar milagros sin más a los hechos portentosos de Jesús en favor de los necesitados.
Prodigios, maravillas, signos, milagros, son sinónimos y tienen en común su carácter asombroso y sobrenatural; pero en la Escritura, cada vocablo manifiesta la singularidad que le es propia. Muestran así el admirable del primor con que se tratan las profundas verdades que atañen a Dios. Saberlo, nos ayuda a leer las sagradas palabras con la justa precisión que les dan sus redactores.

jueves, 6 de mayo de 2010

El sentido del aleluya


A lo largo de todo este tiempo que cubre la memoria de la Pascua, el término aleluya es el compendio, en una sola palabra, del júbilo incontenible que empapa el corazón cristiano, ante el repentino borbotón de luz que es la resurrección de Cristo. Se canta una y otra vez gozosamente y se repite con entusiasmo, día tras día: ¡Aleluya, aleluya!
Constituye una bella palabra con su pizca de balbuceo, que nos traslada a los primeros tiempos de nuestra fe, cuando los discípulos, todavía con inevitables dejos judíos, empiezan, poco a poco, a cristianizar su lenguaje, que no evita determinadas palabras de muy frecuente uso y difícil traducción, como la palabra amén.
Es bien sabido que los hebreos tienen prohibido pronunciar el santo nombre de Dios. El término aleluya es testigo de este cuidado, ya que era todavía entonces una frase con un componente verbal y el nombre de Dios, en la que, para evitar decir su nombre hebreo, Yahveh, se entrecortaba dejándolo en una sola sílaba, Ya.
Aleluya es palabra compuesta de la segunda persona del plural del imperativo, alelu, alabad, y Ya, Yahveh, como podemos advertir todavía en la cabecera de algunos salmos, incluso según la traducción actual de los mismos sefarditas: Aleluyá. Alabad a Ya en la inmensidad de su fortaleza, salmo 80; Aleluyá. Cantad al Eterno un cántico nuevo, salmo 149, donde omiten el nombre de Yahvé, mediante la perífrasis de sustituirlo por el Eterno. La única salvedad es que ellos acentúan la última sílaba, aleluyá.
No deja de ser un grito de exaltación, desde un agradecido reconocimiento de Dios, ante su infinita bondad e inconmensurable grandeza, manifestada en favores singulares o hechos gloriosos. La resurrección lo es, qué duda cabe.
Con el tiempo, olvidado su sentido originario, queda como una gozosa interjección, en el lenguaje litúrgico, como una expresión exultante, como un grito de de gozo cristiano.

miércoles, 5 de mayo de 2010

La predicción del tiempo


Vaticinar el futuro incierto de las personas y las cosas ha sido sagrada dedicación desde los tiempos más remotos. Hoy hemos reducido esa atrevida y dudosa parcela a predecir y adivinar el tiempo que pueda sobrevenirnos.
Los pronósticos climáticos, cada vez más acodados en medios técnicos que avalan su arriesgada certeza, no dejan de ser un intento aproximado y vacilante de alejar el azar de esas anticipaciones del tiempo que nos hará o no.
A pesar de sus desaciertos e imprecisiones casuales, hemos acabado por prestarles credibilidad y consultar confiados sus augurios. Sucede que los aciertos van pesando más que los desatinos. Sólo que los caminos que frecuentan las nubes y los vientos son caprichosos y no siempre se atienen a los que rastrea el hombre desde sus proyectada previsión meteorológica.
Con todo, hombres y mujeres del tiempo empeñan su palabra para aliviar de imprevistos la geografía de nuestros viajes y paseos. Disimulemos, en honor del servicio que nos prestan, sus incidentales inexactitudes. A menudo, lo peor de sus presagios no es que se equivoquen, sino de que acierten de lleno. Como ahora, con el tiempecito que nos ha caído en suerte. ¡Quién lo iba a decir!

martes, 4 de mayo de 2010

Los chopos y el tiempo


A uno y otro lado del río, los chopos habían roto ya sus yemas y los árboles verdeaban todavía indecisos, como si se asomasen con miedo a la novedad de la primavera, sin advertir que la primavera son también ellos mismos.
Los chopos son árboles altos y esbeltos, y el verde de sus hojas de una claridad tierna y siempre joven. Gusta la brisa de retozar entre ellas.
La sinuosa hilera de chopos bordeando dócilmente el río, formaban un estrecho bosquecillo más bien denso. Eran como una nutrida pantalla verde de sujeción de ambas orillas, hasta que entraron a saco en su densidad las máquinas con que crear escolleras para reforzar el interior de los recodos y curvas del río.
El chopo lleva inscrito en su madera blanca un reloj que marca con sabia regularidad las estaciones del año. Joven en primavera, espléndido de lozanía en verano, y antes de despojarse de su esplendor vegetal y dormirse en la almohada blanca del invierno, estalla lleno de luz, al atardecer otoñal de cada día, próximos los estertores del año. Es de ver entonces el incendio de sus contraluces, frente al ocaso, lleno de encendidas transparencias, como hoguera amarilla o vidriera vegetal.
Es así deleitoso pasear a la sombra verde de los chopos, incluso cuando el sol empieza a adelantar sus inclemencias estivales. Su larga sombra amiga es fresca y acogedora... Pero de nuevo, en pleno mes de mayo, contra toda lógica previsión, han irrumpido otra vez el frío, la lluvia y la nieve. No siempre funcionan bien los relojes del tiempo.

lunes, 3 de mayo de 2010

La realidad sangrienta de Cristo

Cuando se estrenó la película La Pasión, del director cristiano Mell Gibson, a muchos nos pareció exagerada aquella versión tan sangrienta de Cristo, en quien se cebaba la excesiva crueldad de la justicia romana.

Acabo de ver una secuencia espeluznante de fotografías sobre una última interpretación de Cristo, partiendo de un estudio meticuloso de la Sábana Santa de Turín. El escultor, Juan Manuel Miñarro, catedrático de la Universidad de Sevilla, ha seguido meticulosamente las conclusiones de un grupo de científicos que han investigado concienzudamente tan singular documento. Y esto es lo que quería constatar yo: Mell Gibson no exageró en absoluto.

El Cristo de Juan Manuel Miñarro está todo él constelado de desgarradores latigazos no menos sangrientos y profundas heridas donde se coagula la sangre, que desfiguran lastimosamente la belleza corporal del cuerpo de Jesús.

No hubo hipérbole ni exageración en la interpretación cinematográfica. Los únicos que exageraron con sicaria ferocidad fueron los brazos fieros de quienes se encarnizaron en Cristo como insensibles hienas.

Realmente, la muerte de Cristo, además de injusta, fue horrorosa.

domingo, 2 de mayo de 2010

Los artesonados

Un artesonado es un techo adornado de molduras cruzadas formando cuarterones, que llaman artesones por eso, donde la mano inteligente y el inspirado pincel del artista da rienda suelta a su imaginación. Es como tener un pequeño simulacro de cielo de color al alcance de la mano.

Por su antigüedad y artística hechura, los de Teruel no tuvieron la estimación y mejor recaudo que ahora se echa en falta. No fueron pocas las casas palaciegas que gozaron de su alta presencia en el lujoso salón central de la casona. ¿Quién no ha oído hablar de la Casa del Judío y su famoso artesonado, en la antigua calle de Ambeles?

A menudo, aprendemos tarde lo que vale una cosa, cuando ya no disponemos de ella o se ha perdido sin remedio. Hoy, la riqueza artística de un artesonado mudéjar no tiene medida que lo justiprecie. La incuria y la guerra civil se deshicieron de ellos sin misericordia y es triste ver con qué facilidad se dilapida tanta riqueza patrimonial. Se conoce el destino final de alguno de ellos, en Italia o California, como el que cubría el salón de la Tercera Orden de San Francisco, desde el siglo XV, hoy en un lejano museo de Santa Bárbara.

Ya que no podemos admirar el buen hacer de sus artesanos, adornemos con arrepentidos girones de nostalgia la tristeza azul de su recuerdo.

sábado, 1 de mayo de 2010

Más allá del hombre


El hombre es mucho hombre, pero más allá del hombre está Dios.
Las estrellas se encienden y apagan solas. Pero, ¡quién sabe! La técnica poderosa del hombre hace llover a mares, aquí o allá, de repentina y artificial manera, marca límites al mar mediante desafiantes malecones, y en la lejanía, ya ha hecho pinitos para poder violar un día la incólume superficie de Marte, donde adelantados vigías electrónicos se han chivado de que se dispone allí de grandes reservas de agua...
Aun así, hay una lejana frontera en la trastienda del espacio que los pies del hombre no podrán hollar. El hombre es grande según las medidas relativas usadas entre nosotros. A nivel cósmico, es apenas una mota infinitesimal en el espacio exterior. No alcanza más grandeza que la que participa de Dios, a quien se asemeja porque él lo dispuso así. Y en esas estamos, toda vez que la creación es tan inconmensurable, que sólo Dios puede abarcar su innumerable vastedad apretándola en el puño. Así es como, en un principio - se me ocurre a mí -, los dedos de Dios fueron encendiendo estrellas de una en una, ya para siempre, y ahí están marcándonos distancias insalvables.
No las toquéis..Ni se os ocurra mancillar el lejanísimo cristal de su luz millonaria. ¿Para qué? Indiferentes al hombre, las estrellas se encienden y apagan solas.