miércoles, 14 de julio de 2010

La verdad es bella


El amor a la verdad acaba siempre en amor a Dios.
Hay que sembrar verdades de todo tipo en esta cultura de nuestros pecados, tan vapuleada por los intereses malsanos de quienes sienten alergia a la verdad y hallan rentabilidad en la mentira. El amor a la verdad es la nobleza de la mente. La verdad, como el bien, es bella. Y quien admira la belleza, admira la verdad.
Si alguien lo duda y quiere valorarla en su justa medida, no tiene más que ponderar la perversa fealdad de sus antónimos como el fraude, el enredo, el embrollo, el engaño, la falsedad. Es la prueba del nueve.
Jesús reprobaba por eso la hipocresía casi obsesionado. Él era la caja de caudales de las verdades del Padre, y la mentira le desasosegaba. Lo repito: la verdad no sólo es útil; es bella, es buena, es agradable, es gozosa. Es comprensible entonces que el amor a la verdad acabe siempre en amor de Dios.

martes, 13 de julio de 2010

Y Jesús se alejaba

La fe es el eslabón que enciende la yesca del milagro. Es su detonante. Jesús en su pueblo apenas si puede ejercer como médico prodigioso, justamente porque no había fe en sus habitantes. Se resistían a creer en un simple hijo de carpintero.
Nazaret es un pueblo arisco de corazones apagados, porque si la fe es oscura, la falta de fe es ceguera opaca y profunda. Es curioso que Lucas observe que Jesús, acosado por sus paisanos, se escabulle como mejor puede y sin prisa se va alejando de ellos. No se aleja, no se alejó, se alejaba, dice él con aspecto verbal durativo; es decir, se iba alejando poco a poco. Claro, en Nazaret quedaba desolada, su Madre María.
A menudo, no es Jesús quien se aleja demorando su retirada remisa. Somos nosotros quienes nos distanciamos de él. Como si Jesús no creyera en nosotros.

lunes, 12 de julio de 2010

El tiempo, los talentos y la enfermedad

Una enfermedad es un aviso de que el tiempo que dispendias y en el que cabalgamos se tambalea. Cuando sus achaques se instalan en nuestro patio interior, las rosas que son nuestras esperanzas de futuro empiezan a ajarse como quien empalidece, y la angustia amarga nuestras vivencias, incluso a veces con amagos de muerte, ese aldabón pavoroso. Es entonces cuando ponemos en valor nuestra vida, tan maltratada a veces, y nos damos cuenta de que es verdad aquello de que el tiempo es oro, un bien siempre escaso.
Jesús acierta al comparar los dones de que disponemos con valiosas monedas que Dios pone en nuestras manos dadivosamente, para que les demos la máxima rentabilidad.
Quieras que no, hay que acoger esos toques de alarma que es la enfermedad, como reconvención de que el sutil hilo de la vida pende de los dedos de Dios y de que hay que vivir nuestra debilidad apoyados en él, como quien pone un rodrigón a la rama que se dobla vencida por el mismo peso desgastado de la vida. Al fin, él es la vida y nosotros hemos de vivir la nuestra engastada en la suya como en un anillo infinitamente valioso.

domingo, 11 de julio de 2010

Homo antecessor


En Burgos se ha inaugurado un Museo de la Evolución Humana, habilitado con toda clase de utensilios prehistóricos, en torno a la vetusta figura del Homo antecessor, que vivió por estos pagos hace la friolera de un millón de años. Sus remotísimos restos aparecieron en el yacimiento paleoantropológico de Atapuerca.
Se trata de un edificio singular en forma de cubo transparente, de 12.000 metros cuadrados, una última y suntuosa residencia mortuoria que nunca hubiera soñado para sí tal antecessor nuestro.

Pero, ¿qué tiene que ver este lejano precursor con nosotros? La ciencia lo ha fichado como valioso ejemplar, único en su rango, de una de las etapas evolutivas más añejas del género humano. Todo muy excitante. Pero, ¡qué feo el tal antecessor!

Me cuesta admitir, desde mi pundonor de persona honrada, que vengamos de un antecesor burgalense tan desgarbado, extravagante y patoso, con esa cara horrible o lo que sea, los brazos inmensos que casi llegan al suelo y que nos mira de través, Dios sabe con qué intención. Aún así, seamos humanos, afables, humildes, y no le neguemos a este inmemorial pariente nuestro un lugar hospitalario en nuestra historia, que es tanto como sentarle a nuestra mesa. Es como un hijo pródigo que vuelve a nosotros a la vuelta de unos añitos.

sábado, 10 de julio de 2010

Dichosos los llamados

Sabré que estás comigo,
sabré que me has mirado,
cuando en tus ojos vea
los míos reflejados.

Sabré que estoy contigo,
sabré que, al fin, te he hallado,
cuando tu mano amiga
me coja a mí la mano.
Sabré que te comulgo
en tu mesa instalado,
cuando acerques tu cáliz,
Señor, hasta mis labios.

Hay vino, hay pan. ¿Quién falta?
Todos, Señor, estamos.
Parte el pan como entonces.
¡Dichosos los llamados!

viernes, 9 de julio de 2010

Elogio del jamón

Hay cosas absurdas que dividen con tajante radicalidad a las personas por motivos culturales o religiosos, si es que puede separarse lo uno de lo otro. Para un judío o un musulmán, el jamón es la cosa más cerda que pueda llevarse uno a la boca. Para el resto de los mortales, es una exquisitez incomparable.
Jesús ya hacía ver, en sus días, con inusitada clarividencia, que los alimentos ni empañan ni limpian la conciencia de nadie; lo que mancha el corazón es la perversidad de la malicia. Mal sitio Teruel para tales abstemios, por más que se encomien las bondades de una soñada integración de nativos y advenedizos. Hay límites y fronteras que las creencias lacran como intransigentes.
Estos días los expertos cortadores de jamón no dan abasto, absorbidos por el repetitivo recorrido horizontal del pernil, como carpinteros con cepillo. Es el minucioso corte ritual del jamón. ¡Sabroso jamón de denominación de origen! ¡Oloroso jamón de Teruel del color montaraz del rodeno! Los hay excelentes, cómo no, en toda España, de modo que no debe extrañarnos que algún que otro nacionalista acérrimo, los hay incorregibles, se empecine en que el de su pueblo es el mejor. ¡Y un jamón!

jueves, 8 de julio de 2010

La insistencia de Jesús

Hay cosas en las que incidimos de modo repetitivo, cuando nos impulsa a ello la conveniencia de inculcar el beneficio de una determinada realización urgente; y en el recorrido gradual de esa premura, desde el mero consejo urgente hasta la impertinencia del acoso, están la insistencia, la terquedad y el empecinamiento. La terquedad y menos aún el acoso no son las actitudes más recomendables cuando lo que se pretende es mover de modo convincente y sereno la voluntad del hombre.
Jesús en su enseñanza es proclive al recurso de la insistencia para ponderar las ventajas de acoger con presteza la bondad de sus prescripciones e inclinar a la práctica la remisa voluntad del hombre, y es de ver cómo nos insta al recurso de la oración de petición con un triple escalón: el que pide recibe, el que busca halla, al que llama se le abre. Por tres veces inducirá, en Mateo, a que reconozcan sus discípulos la conveniencia de que el Mesías sufra, muera y resucite, contra la terca prevención popular de que un mesías no puede morir. Tres serán los dudosos candidatos a seguir su llamada alegando excusas y reticencias.
La insistencia es la estrategia que prefiere Jesús para urgirnos a enriquecer nuestra conducta, porque su palabra no es impositiva, sino sugerente y persuasiva. No incurre en la terquedad y le repugna el acoso. La premura sí, porque está en juego nuestra salvación.
Bendito su afán, bendito el celo salvador que le dispone tanto a nuestro bien.