domingo, 7 de noviembre de 2010

Los crisantemos

  
       Al filo de los meses de octubre y noviembre florecen los crisantemos. Son flores de pétalos alargados y, en alguna variedad, como despeinados en su apiñado descuido, recogidos en a un botón central amarillo. Los hay blancos, ocres, rojos, amarronados. Sobre todo blancos. Es la flor atribulada de Todos los Santos, tal vez porque su floración acaece propicia en ese tiempo luctuoso y no es raro que asociemos su sencilla belleza con los días dolientes en que perdimos a un ser querido. En realidad, todas las flores de los camposantos son tristes.
Con los crisantemos, como con los lirios, florecen los cementerios y se explica que su austeridad no conozca aroma alguno ni sea precisamente su disfrute lo que nos acerca a ellos, sino su asociación mortuoria. Son flores para el recuerdo y la añoranza. Lo son para decorar las lágrimas de nuestro pasado lívido. Sobre todo los blancos, me agradan los blancos, inocentes, llenos de luz, limpios de polvo y paja.

        Jesús no tuvo flores ni una lápida que leyera su nombre.

sábado, 6 de noviembre de 2010

Para el rezo de laudes

El Museo de San Francisco conserva un raro ejemplar de libro comunitario de horas, de los que, colocados en un facistol hacia el centro del coro, servían, a falta de breviarios impresos, para el rezo y salmodia en común de las horas canónicas. El de referencia responde a la hora matutina de laudes.
Se trata de un libro de grandes proporciones, con texto de palabras frecuentemente abreviadas-de ahí breviario-, escrito en cuidada letra gótica, en pergamino, como era habitual en la tradición de estos libros, y sólo algunas de sus letras versales aparecen ligeramente miniadas. Las pastas están confeccionadas con tabla de madera recubierta de piel de carnero. Algunos de estos libros llegaban a pesar más de cien kilos. El conjunto del coro lo constituían, entre estudiantes de Artes, profesores y resto de la comunidad, en torno a una veintena de religiosos.

      Prácticamente, podemos dar por perdida la noble dedicación de aquellos pendolistas que convertían en arte los signos fonéticos de la escritura coral. Es un deleite para los sentidos repasar antiguos documentos, donde la esmerada pluma del monje mimaba las palabras y el lenguaje, porque era el amor de Dios quien presidía todas las diarias ocupaciones monásticas. Las prisas que azuza la economía del tiempo, se ha llevado consigo muchas de las antiguas prendas que enjoyaban nuestra cultura, hoy alejada de estudios que no devenguen rédito económico inmediato, en provecho de la utilidad y la especialización. ¿A alguien le puede ya extrañar el desprecio laico de los valores del espíritu?

viernes, 5 de noviembre de 2010

Las flores de Todos los Santos

 
       He visto ya ajadas los prietos ramos de flores con que la gente, el día de Todos los Santos, engalanó ensombrecida por los recuerdos, las frías lápidas del cementerio, que es como engalanar el paso del tiempo y la añoranza. Y hay quien conmemora la delicadeza con que el ser querido que allí reposa, cultivaba su sensibilidad con la preferencia bienoliente de unas determinadas flores, que son las elegidas ahora para este homenaje familiar a la memoria entristecida del difunto. Sólo que el tiempo, enfermo de pena. Ha acabado por amarillear de tristeza, como las manos de los difuntos.
Cristo también murió arropado por el llanto de los suyos, y la madera de una cruz era su mortaja gloriosa. A los pies de la cruz no pongáis otras flores que las que sangran rojas como el destrozo de sus divinas llagas. A los pies de la cruz no pongáis sino zarzas y rosas, porque así fue el dolor de su martirio.
El dolor es del color con que se sufre, y el de hoy es morado y triste, por más que, un poco más allá de lad cosas, está siempre, como esmerilado por nuestros descuidos, Cristo Jesús, nimbado con la luz resucitada de su nueva vida.

jueves, 4 de noviembre de 2010

Crimen en la catedral

        
  Líbreme Dios de identificar el Islán con la bestialidad de quienes se complacen, en su nombre, en destrozar con explosivos a gente buena que reza devotas en la catedral de Bagdad, salpicando con sangre mártir las imágenes del lugar sagrado.  Líbreme Dios. Pero si jalean que el dios de sus creencias aplaude y premia dadivoso su belicosa brutalidad, flaco favor es el que hacen a sus correligionarios moderados y mejor aconsejados. Los menos avisados en este otro lado del mundo, acaban por meter en un mismo saco a los seguidores del profeta de manera indiscriminada, lo que tampoco es justo.
En este clima tan poco favorecedor de la conveniente cercanía de unos y otros, es lamentable el abismo que están cavando entre una y otra cultura, a despecho de los vanos y fracasados intentos por conjuntar, cogidas con alfileres, tan apartadas civilizaciones.
Bagdad ya no es la sede ideal de cuentos supuestamente encantadores, ocurridos en no sé qué noche entre mil y una, por más descuentos que se le haga a la intolerancia..

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Rosas en el claustro

        Aún quedan algunas rosas en el jardincillo interior del claustro, que las inclemencias de la lluvia han ajado no poco. Dicen que la rosa europea fue cruzada con otras rojas procedentes de China, traídas por los antiguos comerciantes de la seda, y resultó la corriente de color encarnado. Desde antiguo, fueron muy apreciadas por culturas como la babilónica y la grecolatina.
El Espasa dice que de ella que es “notable por su belleza, la suavidad de sy fragancia y su color, generalmente encarnado poco subido”. Las hay de variados colores, blancas, rojas, negras, azules, amarillas y de mil clases, cada cual con su nombre distintivo, Ofelia, Victoria, Gloria del bosque, Modestia, Paz, de te, de pitiminí, de las cuatro estaciones, de mar, de río, etc...
La austeridad de la espiritualidad judía no se asomó demasiado al esplendor perfumado y perfecto de la rosa. Sólo Jesús de Sirac, en el Eclesiástico, la cita una vez, con sentido figurado, en el capítulo 38, para decir a los jóvenes que crezcan “como rosa que brota junto a la corriente”.  En Sevilla, se venera a la Virgen María bajo la advocación Virgen de la rosa, y no falta alguna sociedad secreta que la ha convertido en su sello distintivo, petro ésta a mí me huele mal.
Los poetas han cantado siempre el carácter efímero de su belleza y la proponen como dechado de perfección. Juan Ramón Jiménez aconseja a los poetas, por eso, no retocar nunca un poema en detrimento de su espontaneidad, “porque así es la rosa”.

martes, 2 de noviembre de 2010

Lluvia otoñal

Cada estación tiene su propia manera de llover, torrencial, pertinaz, a intervalos, de sopetón, fría, ardiente. Esta lluvia otoñal, sin llegar a ser cálida, suaviza un tanto la aspereza del frío de Teruel, que merece ya la denominación de origen, por la singularidad de su seca intensidad con que templa el aromático jamón local.
Este agua fina y silenciosa, casi invisible y persistente, viene a limpiar los rincones de las calles de la ciudad, habitualmente sucias. mingitorios nocturnos de maleducados y gamberros. Llegó como de puntillas, a medianoche, sin despertar a nadie; se deja ver a ratos durante el día, y se va de la misma manera que ha llegado, callada y discreta. La Escritura diría que se ha recogido en sus silos. Y es que Teruel es pequeño, pero acogedor, como los antiguos hogares con la leña ardiendo al pie de la chimenea. Lo dicen todos. ¿Y la nieve? En Teruel capital, ya casi no nieva., por más que hay excepciones notables. Alguien me dice: Demasiado alto para que llueva y demasiado bajo para que nieve. Con relación a sus montañas, claro.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Vocabulario incómodo

        Hay palabras y palabras. A la par de ciertas palabras que nos producen una grata impresión al decirlas u oírlas, las hay incómodas y hasta repugnantes. Las unas las paladeamos, en tanto que escupiríamos las otras. En ocasiones no es el sonido de sus fonemas lo que nos incomoda, sino que, psicológicamente, la palabra incide en lo que significa, y la impresión que produce su significado llega resultarnos repelente.
Desde este punto de vista, hay palabras soeces, groseras, ofensivas, insultantes. Las hay que nos desagradan a nivel espiritual. Una en concreto, con una serie de sinónimos detrás como facetas de una misma realidad, me desagrada irremediablemente, en cuanto se me antoja la papelera de toda malicia: la palabra demonio, con su sombra de acompañantes: diablo, satán, satanás, belcebú, leviatán, lucifer, y alguna otra acepción más. Sé aun de personas que la usan como simple interjección inofensiva y hasta con familiaridad: ¡Demonios! ¡Diantre! No seré yo quien corra el riesgo de invocarle tan desprevenido. Es un término perteneciente a lo que Pemán llamaba la mala lengua.
A cambio, gustar del noble sabor de la divina palabra, relaja el espíritu y serena el ímpetu de nuestros despropósitos. ¡Bendito sea Dios que accedió a hablar a los hombres, permitiéndonos tratarle a él de tú a tú! ¡Gracias a él por su Palabra!
      ¡Palabra!