Destellos azules o anaranjados y estridentes zumbidos de sirena que preceden y anuncian el recorrido urgente de policías y ambulancias, alarman con apresurada frecuencia al viandante por las grandes vías que cruzan la gran ciudad. Son la presencia puntual de quienes nos ofrecen seguridad y atención médica. La gente es comprensiva y les deja libre el paso con diligente solicitud apartando el coche o deteniéndose ante el paso de cebra, ese riesgo a ras de acera que nos acecha amenazante desde el volante descuidado de más de un desaprensivo.
La gran ciudad es cuna y cueva de ladrones y cifra inopinada y desastrosa de accidentes. Los unos se emboscan en la noche, y el accidentado de todas horas ignora el lugar y el momento de su fatídico encuentro con la muerte. Policías y enfermeros vendan las heridas que infieren los unos y sangran ante los otros. Es comprensible sus prisas y celeridad. Grilletes y goteros acuden a remediar nuestra mala ventura en uno y otro caso. Darles paso.
jueves, 30 de septiembre de 2010
miércoles, 29 de septiembre de 2010
Internet para llevar
Así llaman al recurso de ponerle al ordenador portátil una tarjeta de prepago, para poder disponer del uso de internet en cualquier parte. No resulta nada barato. La tarjeta que hace de modem vale 49 , y su uso importa 3 más cada día.
Es la primera vez que echo mano de semejante recurso de conexión a la red y no he quedado nada satisfecho. Cierto que la técnica tiene sus fallos, pero no lo esperaría uno del establecimiento que te sirve tan amablemente y luego tiene dificultades al momento de habilitarte la tarjeta, porque sus ordenadores, defectuosos, proceden con más que enojosa tardanza. De saberlo con antelación, hubiera recurrido a otra marca más solvente, pero ya es tarde.
El afán de vender sea como sea, induce a no informar previamente al usuario de las dificultades subsiguientes que ha de padecer después. Y claro, el cliente se siente defraudado y no le queda otro recurso que desahogarse en vano aquí mismo, porque esa práctica no es correcta y desacredita a la marca. La callo por corrección.
Es la primera vez que echo mano de semejante recurso de conexión a la red y no he quedado nada satisfecho. Cierto que la técnica tiene sus fallos, pero no lo esperaría uno del establecimiento que te sirve tan amablemente y luego tiene dificultades al momento de habilitarte la tarjeta, porque sus ordenadores, defectuosos, proceden con más que enojosa tardanza. De saberlo con antelación, hubiera recurrido a otra marca más solvente, pero ya es tarde.
El afán de vender sea como sea, induce a no informar previamente al usuario de las dificultades subsiguientes que ha de padecer después. Y claro, el cliente se siente defraudado y no le queda otro recurso que desahogarse en vano aquí mismo, porque esa práctica no es correcta y desacredita a la marca. La callo por corrección.
martes, 28 de septiembre de 2010
Griterío en el colegio
Juegan a no sé qué los niños pequeños en el patio de un colegio adjunto. Juegan y gritan, sobre todo gritan como si les persiguieran todos los diablos en llamas del mundo con sus rojos tridentes de fuego, gritan como condenados, como asustados polluelos de corral a quienes el gavilán ataca impunemente. Y el griterío crece por momentos y se vuelve algarada y la algarabía llega a ser fragorosa, como quienes sostienen arriscada batalla en cerco sin salida.
El grito con el llanto son el lenguaje natural y originario del niño desde la cuna. El grito es la enseña más ostensible de su vitalidad. Niño que no grita está muerto o ha dejado de ser niño. Sólo el sueño apaga incidentalmente la inquietud de esa llama viva. La edad le asesina el grito. Y entonces suceden los primeros ensayos de seriedad y largos silencios con uno mismo, al borde de la dudosa adolescencia.
Gritad, gritad, niños, que el tiempo es un bien valioso y escaso, y corre cuesta abajo como liebre a quien acosan babosas fauces de galgo.
El grito con el llanto son el lenguaje natural y originario del niño desde la cuna. El grito es la enseña más ostensible de su vitalidad. Niño que no grita está muerto o ha dejado de ser niño. Sólo el sueño apaga incidentalmente la inquietud de esa llama viva. La edad le asesina el grito. Y entonces suceden los primeros ensayos de seriedad y largos silencios con uno mismo, al borde de la dudosa adolescencia.
Gritad, gritad, niños, que el tiempo es un bien valioso y escaso, y corre cuesta abajo como liebre a quien acosan babosas fauces de galgo.
lunes, 27 de septiembre de 2010
La fe en sí mismo
“El que tiene fe en sí mismo, no necesita que los demás crean en él”. Así se expresaba Miguel de Unamuno. La fe en sí mismo da y nace de la propia entereza. Y puede considerarse íntegro quien vive enteramente según los valores que Cristo acreditó con su vida y su enseñanza.
La fe en sí mismo, sin el respaldo humilde la de la fe en Cristo, hace independientes, al borde de la soberbia, desde el aislamiento despectivo de los demás. Somos con los otros o no somos, atados por la soledad que teje el egoísmo. El egoísta no es solidario; vive contra los demás, que convierte en peldaños de su altanería.
Creer en sí mismo es el aspecto visible de la virtud que llamamos fortaleza. Pablo hacía consistir su fortaleza en el respaldo de la cruz de Cristo. Identificarse con el amor de Cristo y la fe en su misterio salvador, que entraña identificarse con el humilde servicio a los demás, serán la enseña de la verdadera fe en vosotros mismos.
La fe en sí mismo, sin el respaldo humilde la de la fe en Cristo, hace independientes, al borde de la soberbia, desde el aislamiento despectivo de los demás. Somos con los otros o no somos, atados por la soledad que teje el egoísmo. El egoísta no es solidario; vive contra los demás, que convierte en peldaños de su altanería.
Creer en sí mismo es el aspecto visible de la virtud que llamamos fortaleza. Pablo hacía consistir su fortaleza en el respaldo de la cruz de Cristo. Identificarse con el amor de Cristo y la fe en su misterio salvador, que entraña identificarse con el humilde servicio a los demás, serán la enseña de la verdadera fe en vosotros mismos.
viernes, 24 de septiembre de 2010
Echadoras de cartas y otros dislates
Es fácil advertir que son varias las emisoras de TV dedicadas al extraño oficio de echar las cartas, consultas adivinatorias y otras brujerías por el estilo muy del gusto de gente vulgar. Es obvio que la Celestina no ha muerto.
Hay quienes prestan su credulidad a estos embaucadores menesteres con fácil asiduidad, vacías de creencias vivas. No son creyentes, son crédulos, faltos de verdades que alimenten de luz su innata necesidad de indagar en la oscuridad del misterio. Y así las cosas, abrevan sus apetencias espirituales en la ilusoria virtualidad de hablar cons sus antepasados familiares o imaginar que desvelan su futuro particular.
Obedece este falso intento a una vieja tentación de sustituir la creencia en Dios con la práctica de la brujería. Ya la Sagrada Escritura establecía su pecado en la Ley de la Santidad, cuyas leyes se cernían, entre otras cosas, sobre la infamante relación con adivinos y nigromantes, como puede verse en el Levítico. Y es que el abandono de las verdaderas creencias se salda con el culto a la memez, desembocando siempre en el mismo lodazal del paganismo absurdo.
Hay quienes prestan su credulidad a estos embaucadores menesteres con fácil asiduidad, vacías de creencias vivas. No son creyentes, son crédulos, faltos de verdades que alimenten de luz su innata necesidad de indagar en la oscuridad del misterio. Y así las cosas, abrevan sus apetencias espirituales en la ilusoria virtualidad de hablar cons sus antepasados familiares o imaginar que desvelan su futuro particular.
Obedece este falso intento a una vieja tentación de sustituir la creencia en Dios con la práctica de la brujería. Ya la Sagrada Escritura establecía su pecado en la Ley de la Santidad, cuyas leyes se cernían, entre otras cosas, sobre la infamante relación con adivinos y nigromantes, como puede verse en el Levítico. Y es que el abandono de las verdaderas creencias se salda con el culto a la memez, desembocando siempre en el mismo lodazal del paganismo absurdo.
jueves, 23 de septiembre de 2010
Esta misma tierra que pisamos
La tierra se resquebraja y se desmorona bajo nuestros pies ahíta de podredumbre y contaminación.
Para los habitantes hebreos de la tierra prometida, el sentido del mundo apelaba a un Dios bondadoso que bendecía con su presencia esa tierra bendita que pisaban. Habitarla era tanto como contraer un compromiso con él, de modo que ofenderle, comportaba no sólo contaminar el templo donde mantenía viva su presencia y se hacía sentir, sino también la tierra que habitaban como impagable regalo suyo, hasta el punto de que, airado, hasta podía castigarles con la pérdida de la tierra y la amarga lejanía del exilio.
El hombre de hoy no sólo se aparta de Dios, sino que conculca de displicente y temeraria manera las leyes naturales que preservan la tierra de su extinción. Se diría que es el hombre mismo quien se hace justicia inclemente y se castiga insensato a sí mismo con justificado rigor. En este sentido, no es de extrañar que prescinda de Dios. Empecatado, hace sus veces de torpe y fatal manera. Hasta que despierte asombrado un día y descubra lo que sus ojos ciegos no acaban de ver lo que la fe se sabe de memoria. Dios quiera que no sea tarde.
Para los habitantes hebreos de la tierra prometida, el sentido del mundo apelaba a un Dios bondadoso que bendecía con su presencia esa tierra bendita que pisaban. Habitarla era tanto como contraer un compromiso con él, de modo que ofenderle, comportaba no sólo contaminar el templo donde mantenía viva su presencia y se hacía sentir, sino también la tierra que habitaban como impagable regalo suyo, hasta el punto de que, airado, hasta podía castigarles con la pérdida de la tierra y la amarga lejanía del exilio.
El hombre de hoy no sólo se aparta de Dios, sino que conculca de displicente y temeraria manera las leyes naturales que preservan la tierra de su extinción. Se diría que es el hombre mismo quien se hace justicia inclemente y se castiga insensato a sí mismo con justificado rigor. En este sentido, no es de extrañar que prescinda de Dios. Empecatado, hace sus veces de torpe y fatal manera. Hasta que despierte asombrado un día y descubra lo que sus ojos ciegos no acaban de ver lo que la fe se sabe de memoria. Dios quiera que no sea tarde.
miércoles, 22 de septiembre de 2010
Madrid y sus prisas
A Madrid le abruma la gran cantidad de vehículos que adensa y entorpece la fluidez del tráfico. La masa de coches que se adueña de sus calles, condiciona de alguna manera la vida de la ciudad. La gente se agolpa en los semáforos, en las paradas de acceso al autobús, en los andenes del metro. Nadie está en su sitio. Todos van hacia él desasosegadamente, con la consiguiente pérdida de tiempo, que como una fuerza invisible lleva a bandazos a unos y otros de un lugar para otro. Pero esto ese la gran ciudad. Uno, al menos, de sus aspectos más visibles e incómodos.
Me acerco a una iglesia. Leo el horario de misas en la cancela y compruebo que desde dentro de poco, en días laborables, una primera de las celebraciones será a las 13h. ¿A las 13h? ¿Para qué entonce tanta prisa? Aunque bien mirado, cada vez hay más tiempo disponible para muchos y menos trabajo para tantos otros.
Me acerco a una iglesia. Leo el horario de misas en la cancela y compruebo que desde dentro de poco, en días laborables, una primera de las celebraciones será a las 13h. ¿A las 13h? ¿Para qué entonce tanta prisa? Aunque bien mirado, cada vez hay más tiempo disponible para muchos y menos trabajo para tantos otros.
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