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miércoles, 3 de marzo de 2010

El agrio sabor de lo falso

Mientras curioseaba en un escaparate, leí en la portada de un libro una frase que me sorprendió por artificiosa e innoble. Decía así: “Lo falso es un momento de lo verdadero”, como si la verdad estuviera trufada de mendacidad.
Escépticos y pesimistas la tiene tomada con la verdad, que dan por inexistente, desde aquella frase lapidaria con que Pilatos, con desdeñosa ironía, retruca a Jesús: ¿La verdad? ¡Y qué es la verdad!
Decir que lo falso es un momento, es considerar la falsedad como un ingrediente incidental del tiempo. Y tampoco la verdad puede definirse como transcurso temporal. La temporalidad daría carácter efímero y de provisionalidad no sólo a lo falso, sino igualmente a lo verdadero. Ni la falsedad ni la verdad son etiquetas del paso precario de nada, sino la representación mental de la atestiguada identidad de las cosas que son como son y llegamos a saber como tales, entendiendo por cosas todo lo posible a cualquier nivel. La verdad es intemporal.
Los creyentes en Jesús identifican la verdad suprema con él, ya que fue un admirable y sublime cotilla de las verdades del Padre. Lo falso es un insulto a la nobleza del saber humano, toda vez que la inteligencia fue hecha para desvelar la verdad allí donde amanezca su luz. Prueba de sus ignominia y anormalidad es la existencia enfermiza de embusteros compulsivos. De hecho, la mentira es maliciosa, hermana menor de la calumnia e hijastra de la intriga y la falacia. Me resisto a entender que le conceda excusa fácil a su venialidad.

jueves, 18 de febrero de 2010

La lotería

Salía vacilante de la Administración de Lotería un anciano de paso tardo y achacoso y le decía a otro no menos entrado en años: -Hace 23 años que juego al mismo número; nunca me ha tocado, pero doy por cierto que, en muchos casos, al final siempre toca. El otro disimuló incredulidad con un leve gruñido, que era como decir: ¡Ya, ya!

Yo no aprueba ni desapruebo. Ni juego al mismo número ni a ningún otro. La lotería es antojadiza y azarosa, y sus beneficios prácticamente imposibles. Sin embargo el número de sus partidarios es incontable. Es lo que explica que se ensaye toda suerte de escondidas artimañas, inimaginables sortilegios y se recurra a todo, incluido el peregil y san Pancracio, para doblegar su pertinacia y esquivez. Y nada.

Hubo quien estuvo año tras año obstinado en su juego, y al final, desencantado, burlado por la suerte, se declaró en rebeldía. Dice ahora que no hay como ahorrar y confiar en la hucha.

Los más comprensivos, desde la necesidad que les acucia, no se desalientan por nada, impertérritos ante el lotero desaire, y explican que en el peor de los casos, la lotería sostiene en pie su esperanza, y que invertir en esperanza lleva siempre premio.

No tengo nada contra ellos; es más, les comprendo y deseo vivamente que ojalá Dios les aumente, con la esperanza, la fe, mucho más decisiva, pues mueve montañas.