El cascarrabias es un tipo incómodo de difícil convivencia que va de berrinche en berrinche, ya que sus enfados no guardan proporción con el motivo aparente que lo provoca, las más de las veces inexistente. El cascarrabias no necesita de mucho para babear su habitual cólera insustancial. Se enfada porque sí, porque no tiene mejor cosa que hacer. Vive prendido de su presunto equilibrio con alfileres.
Es un ser de naturaleza adusta, siempre fruncido el entrecejo, a quien le incomoda la propia circunstancia de sí mismo. Habla en voz baja, arrastrando las palabras como cadenas, de modo casi ininteligible. Es decir, no habla: rezonga. A menudo habla solo farfullando todo un rosario de improperios engarzados en la materia fofa de su mal talante con pinzas de irritabilidad.
Su mirada sesgada, el tono despectivo de la voz, el gesto enojadizo, sus reacciones quisquillosas, todo lo que le rodea es ocasión de irascible negación y aceda crítica.
Si te toca convivir con un cascarrabias, déjale hablar, déjale que se desahogue holgadamente y no te dejes llevar por el embarazo de su trato irritable. El cascarrabias grita incluso en el delirio de su encono, pero grita sin convección, como algún perrillo diminuto e inofensivo. El cascarrabias no muerde.
lunes, 8 de marzo de 2010
sábado, 6 de marzo de 2010
Descansa, tío
Una cosa tengo clara: Se es cada vez menos en la medida en que se empeña uno en ser cada vez más. Así de lapidario me siento yo. Hay quienes después de intentarlo todo, apenas si han conseguido ser más o menos. Y esto es peor, porque no han rebasado ni siquiera la penumbra de la mediocridad.
La ambición por ser más, por descollar sobre los demás, es una constante en la historia de las apetencias del hombre. Quiere sobresalir y sobrepujar a todos, quien no está contento consigo mismo. El ambicioso es un infeliz, un desdichado con los pies de plomo que lucha denodadamente dentro de sí mismo, como quien nada desaforadamente en una piscina de denso y pegajoso barro.
Nadie le ha dicho: -Sé tú. Sé tú mismo. Y si aún no lo eres, afánate por llegar a ser, y descansa, tío-.
El mejor antídoto para ser, es considerar a los demás, aprender la norma básica de cortesía de respetar al otro, porque querer ser más es una arrogante manera de ser para sí con egoísta exclusividad. Lo que hace de Jesús ser quien es, receta con que nos medica a todos, es ser humildemente para los demás, y por eso, al cristiano le identifica su servicialidad. En vez de ser uno solo, ser uno con los otros. Le llaman solidaridad a esta delicada hechura. Y buena falta nos hace
La ambición por ser más, por descollar sobre los demás, es una constante en la historia de las apetencias del hombre. Quiere sobresalir y sobrepujar a todos, quien no está contento consigo mismo. El ambicioso es un infeliz, un desdichado con los pies de plomo que lucha denodadamente dentro de sí mismo, como quien nada desaforadamente en una piscina de denso y pegajoso barro.
Nadie le ha dicho: -Sé tú. Sé tú mismo. Y si aún no lo eres, afánate por llegar a ser, y descansa, tío-.
El mejor antídoto para ser, es considerar a los demás, aprender la norma básica de cortesía de respetar al otro, porque querer ser más es una arrogante manera de ser para sí con egoísta exclusividad. Lo que hace de Jesús ser quien es, receta con que nos medica a todos, es ser humildemente para los demás, y por eso, al cristiano le identifica su servicialidad. En vez de ser uno solo, ser uno con los otros. Le llaman solidaridad a esta delicada hechura. Y buena falta nos hace
viernes, 5 de marzo de 2010
Es el corazón quien reza
Obviamente, la palabra sagrada de la Escritura dice más de lo que parece percibirse en una lectura superficial o distraída de un texto, incluso a nivel gramatical. Leo en el Segundo Libro de los Reyes unas preces que no difieren muchos de tantas otras: “Ten los ojos abiertos ante la súplica de tu siervo”.
No dice que preste oídos a su voz suplicante, sino que dirija sus ojos atentos al siervo que le suplica. Importa más atraer la mirada amorosa de Dios que la formulación de la súplica misma, porque es al corazón de Dios al que va dirigida la flecha de esa plegaria. No es el propio interés lo que hay que suscitar, sino la complacencia y amable acogida de Dios.
Se trata entonces de una oración amorosa que entra en fácil contacto con el gesto complacido de Dios, cuya aquiescente mirada es la mejor respuesta. Lo importante, según se desprende de todo esto, no es rezar porque se necesite algo o mucho. Lo importante es mover el corazón de Dios desde una apelación que nace precisamente del temblor enamorado del alma suplicante.
Ni qué decir tiene que esa oración, antes de balbucirse, se ha arrodillado humildemente ante la mirada sonriente de un Señor que tiene flexible el gesto de su mano aprobadora..
No dice que preste oídos a su voz suplicante, sino que dirija sus ojos atentos al siervo que le suplica. Importa más atraer la mirada amorosa de Dios que la formulación de la súplica misma, porque es al corazón de Dios al que va dirigida la flecha de esa plegaria. No es el propio interés lo que hay que suscitar, sino la complacencia y amable acogida de Dios.
Se trata entonces de una oración amorosa que entra en fácil contacto con el gesto complacido de Dios, cuya aquiescente mirada es la mejor respuesta. Lo importante, según se desprende de todo esto, no es rezar porque se necesite algo o mucho. Lo importante es mover el corazón de Dios desde una apelación que nace precisamente del temblor enamorado del alma suplicante.
Ni qué decir tiene que esa oración, antes de balbucirse, se ha arrodillado humildemente ante la mirada sonriente de un Señor que tiene flexible el gesto de su mano aprobadora..
jueves, 4 de marzo de 2010
La alegría del corazón
La alegría tiene la cara limpia y los ojos llenos de Dios. Donde no hay alegría, Dios está ausente. Donde n o hay alegría, no hay vitalidad. La alegría es el medidor que señala la altura del caudal de nuestras vidas. Nuestras vidas son los ríos, que decía el poeta. La misma salud tiñe el semblante de risueño aspecto. No por otra razón es jovial la juventud. Heridle al hombre robusto con una dolencia dañina y persistente, y su aspecto cambiará con los primeros síntomas del desánimo.
Hay por eso una alegría sana, que se identifica en lo hondo con la manera habitual de ser, y otra bullanguera, superficial y ruidosa que no pasa de ser un pasajero estado de ánimo. Aquella otra es más consistente, más identificativa del talante de la persona. Esta otra es un relámpago intenso, pero fugaz.
Cultivemos nuestro ánimo cuidando nuestra salud, en su doble vertiente, la que da robustez al cuerpo y la que ciñe con su entereza al alma. La satisfacción de vivir bien consigo mismo, florecerá en rojo las amapolas que pueblan nuestra alegría.
Hay por eso una alegría sana, que se identifica en lo hondo con la manera habitual de ser, y otra bullanguera, superficial y ruidosa que no pasa de ser un pasajero estado de ánimo. Aquella otra es más consistente, más identificativa del talante de la persona. Esta otra es un relámpago intenso, pero fugaz.
Cultivemos nuestro ánimo cuidando nuestra salud, en su doble vertiente, la que da robustez al cuerpo y la que ciñe con su entereza al alma. La satisfacción de vivir bien consigo mismo, florecerá en rojo las amapolas que pueblan nuestra alegría.
miércoles, 3 de marzo de 2010
El agrio sabor de lo falso
Mientras curioseaba en un escaparate, leí en la portada de un libro una frase que me sorprendió por artificiosa e innoble. Decía así: “Lo falso es un momento de lo verdadero”, como si la verdad estuviera trufada de mendacidad.
Escépticos y pesimistas la tiene tomada con la verdad, que dan por inexistente, desde aquella frase lapidaria con que Pilatos, con desdeñosa ironía, retruca a Jesús: ¿La verdad? ¡Y qué es la verdad!
Decir que lo falso es un momento, es considerar la falsedad como un ingrediente incidental del tiempo. Y tampoco la verdad puede definirse como transcurso temporal. La temporalidad daría carácter efímero y de provisionalidad no sólo a lo falso, sino igualmente a lo verdadero. Ni la falsedad ni la verdad son etiquetas del paso precario de nada, sino la representación mental de la atestiguada identidad de las cosas que son como son y llegamos a saber como tales, entendiendo por cosas todo lo posible a cualquier nivel. La verdad es intemporal.
Los creyentes en Jesús identifican la verdad suprema con él, ya que fue un admirable y sublime cotilla de las verdades del Padre. Lo falso es un insulto a la nobleza del saber humano, toda vez que la inteligencia fue hecha para desvelar la verdad allí donde amanezca su luz. Prueba de sus ignominia y anormalidad es la existencia enfermiza de embusteros compulsivos. De hecho, la mentira es maliciosa, hermana menor de la calumnia e hijastra de la intriga y la falacia. Me resisto a entender que le conceda excusa fácil a su venialidad.
Escépticos y pesimistas la tiene tomada con la verdad, que dan por inexistente, desde aquella frase lapidaria con que Pilatos, con desdeñosa ironía, retruca a Jesús: ¿La verdad? ¡Y qué es la verdad!
Decir que lo falso es un momento, es considerar la falsedad como un ingrediente incidental del tiempo. Y tampoco la verdad puede definirse como transcurso temporal. La temporalidad daría carácter efímero y de provisionalidad no sólo a lo falso, sino igualmente a lo verdadero. Ni la falsedad ni la verdad son etiquetas del paso precario de nada, sino la representación mental de la atestiguada identidad de las cosas que son como son y llegamos a saber como tales, entendiendo por cosas todo lo posible a cualquier nivel. La verdad es intemporal.
Los creyentes en Jesús identifican la verdad suprema con él, ya que fue un admirable y sublime cotilla de las verdades del Padre. Lo falso es un insulto a la nobleza del saber humano, toda vez que la inteligencia fue hecha para desvelar la verdad allí donde amanezca su luz. Prueba de sus ignominia y anormalidad es la existencia enfermiza de embusteros compulsivos. De hecho, la mentira es maliciosa, hermana menor de la calumnia e hijastra de la intriga y la falacia. Me resisto a entender que le conceda excusa fácil a su venialidad.
martes, 2 de marzo de 2010
Me gusta el orden
Me gusta el orden. Los que frisamos en los años que yo cuento, fuimos educados en el rigor y la disciplina. Respirábamos todavía aires de guerra y marcialidad. La misma vida era difícil y de algún modo nos curtió. Aun así, no hay razón suficiente para abominar de todo ello, por más que las comodidades que nos fue deparando, poco a poco, un nivel de vida más llevadero, paliaron un tanto la aspereza que modeló nuestro carácter y la educación recibida.
No añoro un pasado que no ha de volver ni me fascina en absoluto. Cada tiempo, como los medicamentos, tiene sus contraindicaciones y su malicia. Echo de menos en el nuestro la falta de una educación más esmerada y respetuosa, y me desagrada el desgarro, el descuido y la despreocupación con que se tiende hoy a vivir la vida, un poco a la buena de Dios, en algunos sectores de la sociedad al menos.
Prefiero la armonía y la bondad del orden. El orden equilibra las cosas y la vida misma. El orden se opone al desconcierto, al descuido y al exceso, por más que los excesos, a la larga, tienen coste muy subido y oneroso gravamen que sancionan su desproporción.
Quien tiene ordenados los papeles de su mesa y los libros de su la estanterías, es porque tiene ordenada la vida y el ámbito de su propia espiritualidad.
No añoro un pasado que no ha de volver ni me fascina en absoluto. Cada tiempo, como los medicamentos, tiene sus contraindicaciones y su malicia. Echo de menos en el nuestro la falta de una educación más esmerada y respetuosa, y me desagrada el desgarro, el descuido y la despreocupación con que se tiende hoy a vivir la vida, un poco a la buena de Dios, en algunos sectores de la sociedad al menos.
Prefiero la armonía y la bondad del orden. El orden equilibra las cosas y la vida misma. El orden se opone al desconcierto, al descuido y al exceso, por más que los excesos, a la larga, tienen coste muy subido y oneroso gravamen que sancionan su desproporción.
Quien tiene ordenados los papeles de su mesa y los libros de su la estanterías, es porque tiene ordenada la vida y el ámbito de su propia espiritualidad.
lunes, 1 de marzo de 2010
Los virus
Si bien se mira, un virus es muy poca cosa. No se ve, es impalpable, nada hace sospechar su presencia, pero en su origen la palabreja significó ponzoña, lo que ya da una pista para comprender sus efectos perniciosos. Y eso es lo alarmante: no se ve, es como un sutil puñal invisible que te puede matar.
La ciencia médica, conocedora de sus estragos, viene desarrollando contra medidas que neutralicen su toxicidad asesina, y con todo, el virus, avisado y artero, desarrolla procesos de adaptación a los antídotos que inventa el hombre, y rescatada su virulencia, prosigue con su empresa mortífera con furtiva y subrepticia villanía.
El virus, por su malévola manera de inocular su oscuro veneno en las entrañas del hombre, bien merece el dicterio de doctor en perversidad, que es el nobel de la malicia.
Hay otros virus cuya existencia y finalidad no tienen racional explicación. Son los virus informáticos, esos programillas ocultos urdidos por personas sin conciencia para instalarse en los instrumentos de trabajos del hombre, inutilizándolos, al tiempo que destruyen el valiosos material e insustituible trabajo desarrollado con ellos.
Aquí la perversidad hay que trasladarla a la mano aleve que calculó tanto daño, y esto es lo grave, porque no se entiende bien qué extraño beneficio puede redundarle a cambio al agresor. Es el colmo del disparate. El disfrute del mal por sí mismo. El orgullo estúpido de saber que su malicia es poderosa. No está lejos del pirómano, del lunático y del terrorista.
Lamento que los esfuerzos por descubrirlos y enjuiciarlos resulte tan poco efectivo.
La ciencia médica, conocedora de sus estragos, viene desarrollando contra medidas que neutralicen su toxicidad asesina, y con todo, el virus, avisado y artero, desarrolla procesos de adaptación a los antídotos que inventa el hombre, y rescatada su virulencia, prosigue con su empresa mortífera con furtiva y subrepticia villanía.
El virus, por su malévola manera de inocular su oscuro veneno en las entrañas del hombre, bien merece el dicterio de doctor en perversidad, que es el nobel de la malicia.
Hay otros virus cuya existencia y finalidad no tienen racional explicación. Son los virus informáticos, esos programillas ocultos urdidos por personas sin conciencia para instalarse en los instrumentos de trabajos del hombre, inutilizándolos, al tiempo que destruyen el valiosos material e insustituible trabajo desarrollado con ellos.
Aquí la perversidad hay que trasladarla a la mano aleve que calculó tanto daño, y esto es lo grave, porque no se entiende bien qué extraño beneficio puede redundarle a cambio al agresor. Es el colmo del disparate. El disfrute del mal por sí mismo. El orgullo estúpido de saber que su malicia es poderosa. No está lejos del pirómano, del lunático y del terrorista.
Lamento que los esfuerzos por descubrirlos y enjuiciarlos resulte tan poco efectivo.
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