viernes, 21 de enero de 2011

La palabra autorizada de Jesús

Hay algo desusado y novedoso en la Palabra de Jesús que origina emociones de espiritual satisfacción, desconocidas en la palabra acostumbrada de cualquier otro hombre. Hay algo inédito que se transparenta en su lenguaje, porque es el Espíritu que le habitó junto al Padre quien le llena del misterio divino de sus verdades. Se comprende que llame la atención a sus oyentes primerizos de Cafarnaún e igualmente entre sus paisanos de Nazaret.
Ese sello determinante de su singularidad es lo que traduce la gente por autoridad y dominio de lo que Jesús predica.
Escribas y fariseos comentan el significado de los textos sagrados que proponen al pueblo, desde la fidelidad objetiva a lo que la palabra dice. Jesús es él mismo Palabra de Dios y expone, mediante la asistencia del divino Espíritu, lo que el Padre le va confiando..
Jesús no es mero comentarista al uso de la Palabra escrita. Es la Palabra, y por eso aciertan quienes cifran como autoridad la singularidad de su lenguaje. Atinada observación. Está muy lejos de que se le considere hablando por boca de cántaro. Habla como intérprete autorizado de su propio misterio divino.
No es extraño que esa palabra cure lo incurable, dé vida a quien ya no la tiene y transfigure el pan y el vino divinamente.

jueves, 20 de enero de 2011

En olor de multitud

        Marcos nos presenta la primera escena tumultuosa que provoca la fama de los milagros de Jesús. La voz incontenible de la fama descorre horizontes, desconoce linderas y fronteras y corre veloz en todas las direcciones alentada por la curiosidad.
Jesús, el hijo aquel del carpintero, hace milagros inauditos, y como si una misma mano tirase de los hilos de las personas, es de ver cómo se movilizan hacia Cafarnaún nutridos contingentes de gente de todo origen, afanosos por conocer al nuevo profeta y presenciar con sus propios ojos lo que se dice de él, cuando no experimentar provechosamente el poder de su mano en las miserias y alifafes de la carne herida.
Jesús, al ver que la multitud va en aumento y adivinar el riesgo de verse envuelto por ella, teme ser arrollado por la avalancha que se avecina y ordena precavido a sus discípulos que tengan disponible una lancha. La palabra de Jesús será el bálsamo que sacie con creces la necesidad de Dios que tiene aquí y allá el corazón del hombre.
Pero no hay monedas de una sola cara. Porque, mientras tanto, fariseos y herodianos se coaligan en secreto y en raro contubernio, y empiezan a maquinar la manera de deshacerse de Jesús. Entienden que hay que darse prisa. La gente le sig8ue, la gente está con él, y la novedad de su enseñanza no se aviene con sus inamovibles criterios conformistas.
Siempre lo mismo. Hay que acallar a quien no piensa como yo. Yo, yo, yo. La estrechez mental del fanatismo pone veladuras en los ojos y consigue que la sangre no pase por el corazón.

miércoles, 19 de enero de 2011

El malhumor de Jesús

La sinagoga, en un poblado de casas apiñadas y angostas callejas, es el lugar más amplio donde pueda congregarse sin estrechez la gente. Jesús realiza en ellas algunos de sus hechos más memorables, como librar de sus limitaciones a un hombre que sufre la rigidez de un brazo paralítico. Pero es sábado y la clase dirigente no disimula su asco ante tal atrevimiento, en una cultura que prohíbe, en el día del descanso, llegar a escribir más de una letra o dar más de dos puntadas. Lo importante no es el hombre, sino el cumplimiento taxativo de las normas. Y el evangelista nos hace una observación muy llamativa: la desmedida indignación de Jesús, que esta vez lleva a extremos desusados.
La dureza inconsciente de corazón de la clase dirigente le saca de quicio. ¿Cómo es posible tanta indiferencia ante el dolor humano?¿Qué mejor manera de honrar a Dios que amar al hombre,  su criatura preferida? Es ésta una de las pocas veces que el evangelista nos permite entrever atisbos de malhumor en Jesús ante los disimulos de la impiedad, sabia oscura de que se nutre la intemperancia y se provoca el vómito de la fogosidad y la violencia.
La indiferencia no es neutral entre lo bueno y lo malo. La indiferencia es la mueca turbia que nos deshumaniza, desde la omisión y hasta el desprecio del compromiso para con los demás. La indiferencia es ciega, no ve la luz, habita la celda oscura del egoísmo.

martes, 18 de enero de 2011

Odres nuevos y viejos

Jesús compara la antigua y nueva alianza con odres nuevos y viejos, dispuestos  en estancias distintas para sus respectivos vinos anejo o reciente. Cada vino en su odre.
Tiene muy claro que la antigua alianza ha agotado su tiempo y no admite que pueda ser integrada en la nueva. No hay trasvase posible de un odre al otro, ya que la nueva es realización en Cristo, de la que como imagen y figura anticipada entrevieron los profetas. Son realidades irreductibles, y su frontera insalvable.
Desde la prieta empalizada de la antigua alianza, toda novedad se les antoja escandalosa a los israelitas, porque no ven más allá de su propia cerca. Ellos mismos, cuando se les pregunta por la posible identidad de Jesús, se empeñan en interiorizarlo entre sus profetas. Son ciegos y no lo saben. ¡Qué ajustado le parece a uno entonces que en Isaías Jesús sea columbrado como destello de faro costero, como atalaya luminosa traspasando horizontes! Te hago luz des las naciones, para que la salvación alcance hasta los confines de la tierra.¿No alude a esto mismo la estrella de Belén?

lunes, 17 de enero de 2011

Un publicano llamado Leví

Es gratificante ir adentrándose día tras día en el conocimiento de Jesús. Conocemos su identidad por lo nos dicen de él quienes lo conocieron, y sobre todo por lo que él mismo nos comunica de su propia condición mesiánica, como sucede en el pasaje que nos refiere la vocación de Mateo o Leví
Jesús no es un hombre atropellado. Su misma mansedumbre reposa en un talante más bien juiciosos y reflexivo. Así es cómo se toma su tiempo en la elección de sus discípulos más inmediatos, siguiendo un proceso no parece precisamente apresurado. Las cosas bien hechas no se avienen bien con las prisas, porque valores excepcionales como el tiempo, han de ser cuidadosamente administrados para que rindan intereses estimables. De eso debió de saber bastante Leví, recaudador de impuestos en la aduana fronteriza de Cafarnaún, donde se apiñaban en confuso ajetreo caravanas y trajinantes.
En pleno ejercicio de su profesión, Leví, el de Alfeo, oye de pronto, un día impensado, la voz de Jesús que le convoca como un discípulo más, junto con Pedro, con Juan, Santiago y Andrés, y levantándose del mostrador se acoge al punto a tal llamada con enorme satisfacción.
Tan es así, que se complace en compartir la alegría de su elección celebrando su nueva condición con un banquete en el que sienta, con Jesús, a sus amigos más próximos, publicanos como él, de escasa reputación todos ellos entre la gente. Los fariseos no tardan en desaprobar que Jesús alterne con gente de semejante cariz y él les replica al punto con una frase certera que le define exactamente como lo que es, un mesías cercano a la gente necesitada, que viene a devolverle a Dios el corazón distraído del hombre, porque no necesitan médico los sanos sino los enfermos. La confusión de escribas y fariseos es palmaria.
Nos lo cuenta Marcos, fuente en la que beben y lo vuelven a referir, punto por punto, Mateo y Lucas.
¿Es este Leví el conocido redactor del evangelio de Jesús que llamamos también Mateo?  No lo parece, si bien no faltan quienes lo aseguran. ¡Qué más da!

domingo, 16 de enero de 2011

Dios es como él quiere ser

Frente a quienes se empeñan en que Dios es hechura más o menos literaria del hombre, hay que proclamar que Dios no es como esos mismos hombres quisieran que fuera o dejara de ser, sino que es independientemente de nuestras preferencias.
Desde siempre, con toda espontaneidad, el hombre ha buscado a Dios en el único lugar donde podía encontrarse con él, en lo hondo del corazón, facilísimamente, porque Dios mismo se hizo encontradizo ahí mismo. No hubo que inventarlo. A Dios no lo inventa el hombre a su capricho; no sería como es. Él nos ha inventado a nosotros. Sí que ha ido cambiando el conocimiento que nosotros vamos teniendo de él, desde un cabal ahondamiento y aprendizaje de sus verdades, en la medida que su revelación al hombre fue progresiva a lo largo del tiempo. Hoy, gracias a Jesús, sabemos de él más de lo que supieron los profetas, por más que ellos supieron cuanto necesitaron para llevar correctamente a cabo su cometido profético.
Una de las preocupaciones de san Pablo fue que sus comunidades adelantaran, sin caer en desvaríos, en el puntual conocimiento de la fe salvadora de Cristo, descubriéndoles desde su propia experiencia que Dios es amor.
Agradezcámosle a Él su bondad infinita y que sea tal como és, a la infinita medida de sí mismo, y en gracia suya, por Jesús, a la medida del corazón humano.

sábado, 15 de enero de 2011

Pobres leprosos

La compasión ante la desgracia ajena es una de las ventanas luminosas por donde respira, con la piedad, la justicia. La compasión usa del hospedaje cálido y siempre a punto del corazón. Sus escalones los pule la sensibilidad.
Lucas suele hacernos sentir la proclive cercanía de Jesús hacia los marginados de su tiempo, proscritos sin otro rincón donde alentar que su desgracia y las expresiones de lástima de los buenos. Y es Marcos quien subraya esta condición humana de Jesús en el encuentro con un leproso que le sale astroso al camino y se postra de rodillas ante él demandándole con explicable urgencia que le cure. Jesús descorazonado, contraviniendo las leyes que le impiden tocar a un leproso, le pone audazmente la mano en el hombro y lo cura.
El capítulo 13 del Levítico establecía que el leproso, para aviso y mejor discernimiento de quienes tenían que reparar en su presencia para rehuirle, llevaría la ropa rasgada, y desgreñada la cabeza, se tapará hasta el bigote e irá gritando: ¡Impuro! ¡Impuro! Y aún añade: Es impuro y vivirá aislado. Eran las rigurosas medidas profilácticas que aconsejaba la sanidad del momento.
¿Qué hará el sacerdote cuando, después de examinar al que ha curado Jesús, ratifique que el leproso ya no lo es? Reunirá, para la purificación del paciente, dos pájaros vivos y puros, madera de cedro, púrpura escarlata e hisopo. Degollará el pájaro sobre una vasija con agua corriente para untar en su sangre los demás objetos y hará siete aspersiones sobre el leproso que de este modo conseguirá purificarse. Se le declarará puro entonces y se soltará al pájaro restante, símbolo de la libertad que recobra el hombre nuevo en que se ha convertido el afortunado israelita.
No nos extrañemos, ya que a lo largo de los siglos, medicina y religiosidad han ido desde siempre cogidas de la mano.