jueves, 7 de abril de 2011

La huida de Jesús

        Resulta curioso que Jesús tenga que huir de aquí para allá, por Galilea, ya que en Jerusalén han determinado quitarle del medio, porque su presencia y su palabra les incomoda.
Ha corrido la voz y no faltan ya quienes se desentienden de él alegando torpemente que está falto de esplendor y misterio. Nadie sabrá de dónde ha de venir el enviado de Mesías, en tanto que de Jesús sí saben de dónde viene. Es un hombre como cualquier otro hombre, y no le asiste ese halo borroso de indefinición que revelará la apariencia un tanto abstracta que necesariamente ha de reunir el enviado de Dios.
Jesús está falto de ese luminoso atractivo que, de otro modo, le envolvería gloriosamente si fuera él el medías. No les interesa un simple ser humano, mientras Jesús lo es en grado tal, que va a morir de un día para otro y se dedica además a humanizar bondadosamente el corazón humano. Es explicable, entonces, que muchos no le hayan identificado aún ni le puedan identificar.
Su suerte está echada.

miércoles, 6 de abril de 2011

El Padre y Jesús actúan

        Dios no descansa. El sábado es para el hombre. Y Jesús, en Betesda, no sólo sana a un desvalido; gana a un creyente en su palabra prodigiosa, que no temblará hallarse en trance de testimoniarle. Para el corazón de Dios, un creyente más es una ganancia que sólo puede tasarse en medidas de jubilosa satisfacción.
Aquí tenemos las fases de un proceso de fe. Creer en Jesús es dejarse habitar por su palabra divina, ya que la palabra nos habita cuando la hacemos nuestra por la fe. Y sucede que no todos los que presenciaron la realidad divina de Jesús, pudieron creer. No todos los que conocen su obra le abren el corazón para que él les abra los ojos. E incluso la fe, cuando no se la alimenta cuidadosamente como a un bebé, desde la búsqueda de la sombra acogedora de Dios, acaba agostándose como cardo en ribazo.
Hay que ganarse a Dios para que él nos dé y nos mantenga la gracia inestimable de saber creer en él. Su palabra es la siembra generosa. Mullamos el corazón para acojerla.

martes, 5 de abril de 2011

La piscina de Betesda

        Entre una abigarrada multitud de enfermos de toda índole, Jesús se fija intencionadamente en uno en concreto. Le asiste una razón, para él muy poderosa: no tiene a nadie que le eche una mano; no puede valerse por sí mismo. No sólo es un enfermo inválido; está solo.
Todos ellos esperan el momento justo en que supuestamente el dedo sutil de un ángel estremezca la quieta superficie del agua para zambullirse en ella. Hay una común creencia de que el primero en sumergirse en la piscina, al instante quedará sano como por ensalmo.
No tener a nadie cuando más necesitado se está del respaldo ajeno, es la más triste y deprimente de todas las soledades. Los salmos nos hablan de una soledad poblada de aullidos, soledad temblorosa y temible por los peligros que la acechan, negra como boca de lobo, dicen los castizos. Está también esta otra soledad poblada de nada, sin amigos, sin amor, desterrada del corazón de los otros. Ahí es donde Jesús pone con amor su mano enfermera, como quien cauteriza una herida. Él decía que una fe firme lo puede todo. ¿Más que el amor? El amor es poderoso; el amor es su patena.

lunes, 4 de abril de 2011

La fe del funcionario

        Mientras en Nazaret, su pueblo natal, sus propios paisanos no reconocía a Jesús como el que es, en Galilea, al volver de Jerusalén, le reciben con agrado, porque saben y pueden testimoniar lo que ha hecho allí durante la Pascua. E incluso un pagano que tiene enfermo al hijo, cree sin pestañear en la palabra prodigiosa de Jesús.
Lo dice san Juan. El evangelista enfrenta intencionadamente esas dos maneras encontradas de proceder ante Jesús, para destacar la fe pronta de precisamente de un gentil.
No es la cercanía física, sino la proximidad cordial la que inclina a descubrir en Jesús al Hijo de Dios. Hay quien está donde él, de espaldas, y no lo ve; oye hablar de él y no escucha; se da de bruces con él al doblar una esquina, y le ignoran olímpicamente. Menos mal que no faltan gentiles desconocidos que un día saben de él y se arrodillan agradecidos ante la generosa amabilidad de su presencia, felices por el inmenso favor de ponernos él la mano en el hombro y sonreírnos.
La fe es el aldabón que resuena solemne en el silencio de su presencia jubilosa.

domingo, 3 de abril de 2011

El ciego de Jerusalén

       Jesús confía verdades exclusivas y tiene con los suyos deferencias de que no disfrutan los demás. Y así, no duda en hacerles ver, contra el común sentir del pueblo, que no son los extravíos de la gente y los de sus predecesores el desencadenante de las enfermedades, achaques y minusvalías de que muchos adolecen. El ciego de Jerusalén, a quien Jesús le devuelve la visión, según el evangelista Juan, más que entrañar un indicio de los pecados cometidos, es una excelente ocasión de que el nombre de Dios alcance venerabilidad y sea largamente bendecido.


       El ciego de Jerusalén, de un lado, se convierte en un símbolo evangélico de la ceguera de cuantos, no pudiendo negar la obra prodigiosa de Jesús, se las ingenian, empecatados, para no comprometerse creyendo en él. Pero también comprende a quienes no dudan en testimoniarle denodados cuando han descubierto en los propios ojos ciegos el luminoso beneficiado de su esplendidez.

      Es un modo dramático de declarar que Jesús personifica la luz del mundo, y que su luz nos hace ver la luz.

sábado, 2 de abril de 2011

El fariseo y el publicano

Dios mira al corazón; no las apariencias, dice el profeta Isaías.


Jesús escenifica este axioma espiritual oponiendo al fariseo altivo que se complace en presentarle a Dios un currículum que juzga ejemplar, al publicano humilde que se limita a hacer recuento de sus desvíos e infidelidades. El uno se estima perfecto y cumplidor; el otro, lejos de sentirse justo, llama con sus golpes de pecho a las puertas de la divina compasión.

Jesús excepcionalmente se instituye juez y proclama justo al pecador arrepentido, mientras sanciona como vana la fachendosa fanfarria del fariseo.

La salvación no se compra ni se vende con ristras de buenas obras, como cree el fariseo. A Dios no se le pone precio. Es el amor lo que nos arrodilla ante él y nos justifica.

viernes, 1 de abril de 2011

¡Escucha, Israel!

        ¡Escucha, Israel! Es la advertencia previa de la palabra de Dios, con la que se nos previene a poner toda nuestra atención en lo que se nos va declarar de inmediato. Quiere decirse que Dios subraya con puntualidad todo aquello a lo que ha de conceder el hombre peculiar atención, a fin de que nos percatemos de que tienen especial relieve según él.
Es lo primero que también debemos destacar nosotros: aprender a estar a la escucha de la palabra, para conocer, como aquí, que amar a Dios de sobresaliente manera y al prójimo como a nuestra misma persona, es un mandato que está por encima de toda consideración y que los comprende a todos en sí.
Es, pues, importante escuchar. Escuchar es ya una predisposición a obedecer, porque no es otra cosa lo que requieren de nosotros los preceptos divinos: llevar a la práctica esos mandatos. Y es consolador saber que quien sabe y profesa estas justificadoras disposiciones, no está lejos del reino de Dios.