lunes, 31 de mayo de 2010

Amarcord

Amaracord. ¿De quién es esa película? ¿De Federico Fellini? Aún recuerdo aquella secuencia inicial de miríadas de vilanos blancos prendidos de la brisa, como en una nevada de liviandades, en la dudosa penumbra del amanecer.
Aquello, más que una realidad, a mi se me antojaba un bello hallazgo del arte fotográfico. Pero, no. Aquí, en Teruel, un trasunto de aquella misma escena es una molesta realidad cotidiana, comenzada la primavera, año tras año. Los chopos esparcen su impalpable semilla prendida en esas pizcas de tamo blanquecino que el aire eleva y se nos adentra por todas partes. Abrir la ventana cuando el calor empieza a esponjar la atmósfera, es exponerse a una lenta invasión casi insensible, traicionera, de pelusa leve que lo enrarece todo y amenaza la respiración rarificando el cerrado ambiente de la habitación.
En Amarcord, aquel fotograma más parece una bella fantasía cinematográfica felizmente inventada por el autor del guión, pero no; aquí no. Es un hecho palpable y establecido, cuyo lado poético no es nada fácil averiguar.
¡Quién sabe! Con una cámara en las manos, tal vez pudiera intentarse.

domingo, 30 de mayo de 2010

La "mentalidad difusa"

Desde el Vaticano se ha dicho que “la mentalidad difusa” mina la limpia realidad del matrimonio.
¿Qué quiere decir eso de “mentalidad difusa”? Mentalidad difusa es la confusión buscada para pervertir el sentido propio de conceptos tan claros como el que expresa la palabra matrimonio. Importa acabar con la firme realidad del matrimonio cristiano, y el procedimiento empleado vaciar el término de sentido es meter en un mismo saco toda clase de sucedáneos y mixtificaciones más o menos parejas y agitarlos antes de usar.
Empleando el mismo término para designar realidades sustitutivas como parejas de hecho, uniones homosexuales, u otras experiencias afectivas tan efímeras como poco serias, la palabra matrimonio entra en confusión, porque lo que sirve para todo no sirve para nada, y víctima de tales manejos con que se tergiversa lo que todos entendían muy bien, se crea esta mentalidad vaga y difusa, al dejar en el limbo de la ambigüedad el significado de dicho vocablo.
¿Por qué no llamar a cada cosa por su nombre y poner a cada una en su sitio? No; no parece interesar y ni se intentará. Pero mientras tanto, dejemos claro que matrimonio es unión y compromiso de un hombre y una mujer. Lo demás son ganas de embrollar el asunto forzando y falseando conceptos, para marear la perdiz.

sábado, 29 de mayo de 2010

Una ciudad pequeña y tranquila

Una ciudad pequeña y tranquila es un regalo del que muy pocos disfrutan de modo habitual. Están los que se acercan a ella con la cámara pendiente del cuello y la cartera pegada al cinto; están circunstancialmente, y han de volver al tráfago ciudadano de las aceras impracticables y los coches vagando sin rumbo buscando dónde aparcar. Están los que acceden a ella, casi sin verla, atentos sólo a llevar a cabo transaciones comerciales. Pero sobre todo, están los residentes, los habitantes habituales del lugar, habituados a la quietud de sus calles estrechas por donde sólo transcurre gente, a su amplia plaza libre de obstáculos, familiarizados con sus altas torres y su catedral, obra de siglos, aunque sellada por laboriosas manos moriscas.
Quede la gran ciudad donde está, más allá de la lejanía. La casi claustral serenidad de las calles turolenses ignoran el ruido, la algarada y el atropello constantes
de abarrotadas calles y establecimientos. Ya llegarán las fiestas, ese desahogo anual sin ley ni roque, y entonces sí, la gran ciudad se desplazará y llenará todas estas calles a tope. Es el momento de emigrar unos días a la gran ciudad.
Mientras tanto, sigamos aquí y dejemos a nuestra ciudad-pueblo donde sus conquistadores la pusieron, apaciblemente recostada en su reposo.

viernes, 28 de mayo de 2010

La torre de San Martín


No sólo Pisa. Teruel también tiene una torre evidentemente inclinada, la sólida torre mudéjar de San Martín, que en el siglo XVII tuvo que ser apuntalada en uno de sus costados por un arquitecto francés, el mismo que acomete la traída de aguas a la ciudad tendiendo un acueducto con la novedad de que es viaducto al mismo tiempo, Pier Videl.

El estribo con que la torre dejó de declinar alejando de sus fundamentos el riesgo de progresivo hundimiento y consiguiente desplome, ha mostrado largamente su eficacia, por más que se trate de un feo soporte lateral que no la embellece ni poco ni mucho, pero que obviamente cumple su cometido de asegurar la estabilidad del monumento, incluso en tan extremas circunstancias como lo fueron el estremecedor fogonazo y el enrojecido fragor de una guerra demoledora que la dejó maltrecha, pero no alcanzó a derribarla.

Hay historias lamentables de torres famosas y esbeltos campanarios que se desplomaron al ceder el terreno en donde se asentaban, al no hallarles pronto remedio que lo atajara. La parcheada torree de San Martín permanece robusta y firme en pie y a todas luces no amenaza ruina.

jueves, 27 de mayo de 2010

Elogio de la edad

A José Antonio Torres

Si bien se mira, toda edad, bien vivida a su debido tiempo, es digna y buena. La infancia, la adolescencia, la juventud, la ancianidad. Son nudos de una misma cuerda o ramas sucesivas de un mismo árbol, entretejidas en una misma fronda.
No importa ahora, con todo, hacer un recorrido minucioso por tan inextricable e incierto boscaje. La vida, más que para recorrerla idealmente, está para ser vivida con moderada intensidad.
Pienso ahora en la juventud. La juventud es un hermoso torbellino donde la vida florece con generosa mano. Todo en ella es vigor, dinamismo incontenible y jovial regocijo. La forma lineal que mejor la define es la verticalidad, porque su vitalidad es intensa. Sólo que lo que gana en verticalidad, lo pierde en horizontalidad. El joven vive el presente prietamente, ajeno al horizonte que adviene a paso ligero. Lo menos favorable que podemos atribuir a esa edad feliz, es su brevedad, ya que tiene los pasos contados. La intensidad no dura. El júbilo es tanto más fugaz cuanto más crecido su deleite. Pero es bella e incomparable.
No es motivo suficiente, aun así, para esbozar a cuenta suya un elogio de la ancianidad. Nadie lo admitiría. Cada cosa en su sitio, ya que, a menudo, la ancianidad es el espacio donde la vida se estrecha, el corredor angosto del deterioro y el achaque.
Pero no la denigremos tampoco. No es eso. La ancianidad hay que percibirla y encararla desde sí misma, si la salud no desvirtúa tan meritoria estancia al sujeto que la vive. La desdeña el hombre desdichado, ya entrado en años, que sufre sin remedio sus propios desechos, al llegar a ella con la línea de flotación herida por los excesos de la carga.
Gozadla los que os la da Dios como un otoño dorado y feliz. Para vosotros es un remanso de quietud y placidez interior bien merecidas, donde el pensamiento y la palabra descansan en un regazo de paz. El equilibrio que las más de las veces desmerecen vuestras rodillas y no fijan vuestras piernas, es la tónica de vuestro criterio madura y sereno. Hay claridad en vuestros ojos y limpieza en vuestras manos. Vivid vuestro tiempo con calma, ajenos a las incógnitas del mañana que ya no tenéis, faltos de tiempo. ¿Para qué, si vuestra cercanía inmediata, más a la mano, es Dios mismo?

miércoles, 26 de mayo de 2010

La biblia y el español

Las lenguas crecen y se desarrollan como organismos vivos, y durante esa progresión, son diversos los factores que inciden en su evolución y concreción lingüística.
El año 2006, se fijaron en San Millán de la Cogolla, cuna de nuestra lengua, los criterios de crítica y difusión de 18 biblias pertenecientes al archivo del Escorial, traducidas a nuestra lengua de originales hebreos y griegos, que abarcan desde el siglo XIII hasta nuestros días. El estudio persigue hacer un seguimiento de la evolución del español desde el influjo de dichos textos bíblicos en cuanto a géneros, léxico y locuciones lingüísticas que han venido enriqueciendo nuestro acerbo expresivo y ahora su mismo conocimiento.
Traducir es recrear, en la lengua a la que vierte un texto original, cauces de expresión paralelos que hagan posible la inteligencia del nuevo producto. No cabe duda de que el mismo hecho de ajustar una lengua a los giros de otra a la que se traduce, es de suyo un proceso de creación lingüística del mayor interés, al tiempo que nos sirve ahora para trazar la línea evolutiva del influjo sufrido por el castellano en nuestro caso.
Y es que la Biblia, el libro por excelencia, atraviesa nuestra lengua desde sus orígenes, injertándose en ella, no sólo desde el nivel profundo del significado, sino también en el superficial de la expresión sintáctica.

martes, 25 de mayo de 2010

El tiempo no tiene orillas

Todos los días lo mismo. Amanece ante la ventana un día espléndido, el cielo raso como una playa virgen, y nos inunda la habitación de delicioso bienestar acomodándonos la existencia. El día transcurre sereno, lento, sin prisas, caldeando el ambiente con suaves temperaturas que invitan a vivir relajada y gratamente el tiempo que Dios pone a nuestros pies como una alfombra. Y hacia las primeras horas de la tarde, a medida que declina el día, nubes dispersas de panza gris van instalándose en el cielo azul enturbiándolo, mientras se despereza un molesto vientecillo travieso y un si es no es fresco, que va enfriando las horas de luz restantes, para acabar casi siempre resuelto en un chubasco momentáneo y regresivo, al tiempo que deja un saborcillo agrio de invierno severo y terco, este invierno obtuso y tardo que rabea y no acaba de dar la última bocanada, y se debate por sobrevivir a destiempo.
El tiempo no tiene líneas fronterizas que lo demarquen con rigor. Hasta aquí, el otoño; hasta aquí, el invierno. Es todo como un oleaje loco que no respeta playas ni rompientes. Hay rayas convencionales que no se ven, porque las inventa y traza el hombre donde le parece, pero el tiempo no se atiene a normas y se salta la raya. Y entonces vamos y nos quejamos. ¡Este tiempo no acaba nunca!
Pues sí. Acabará, cómo no. Acabará cuando el sol se alce ensoberbecido en lo alto, en el zenit o cresta del día, y cueza con su abominable bochorno el mundo. Y ya está. No hay que darle más vueltas.
Es todo más fácil de lo que parece: Cuando se abren las rosas, es primavera. Cuando se doblen las espigas sobre sí mismas, verano. Cuando amarilleen las hojas, otoño. Lo demás, los árboles desnudos y la tierra desolada, invierno, todo lo largo y pertinaz que se quiera. Invierno.