jueves, 27 de mayo de 2010

Elogio de la edad

A José Antonio Torres

Si bien se mira, toda edad, bien vivida a su debido tiempo, es digna y buena. La infancia, la adolescencia, la juventud, la ancianidad. Son nudos de una misma cuerda o ramas sucesivas de un mismo árbol, entretejidas en una misma fronda.
No importa ahora, con todo, hacer un recorrido minucioso por tan inextricable e incierto boscaje. La vida, más que para recorrerla idealmente, está para ser vivida con moderada intensidad.
Pienso ahora en la juventud. La juventud es un hermoso torbellino donde la vida florece con generosa mano. Todo en ella es vigor, dinamismo incontenible y jovial regocijo. La forma lineal que mejor la define es la verticalidad, porque su vitalidad es intensa. Sólo que lo que gana en verticalidad, lo pierde en horizontalidad. El joven vive el presente prietamente, ajeno al horizonte que adviene a paso ligero. Lo menos favorable que podemos atribuir a esa edad feliz, es su brevedad, ya que tiene los pasos contados. La intensidad no dura. El júbilo es tanto más fugaz cuanto más crecido su deleite. Pero es bella e incomparable.
No es motivo suficiente, aun así, para esbozar a cuenta suya un elogio de la ancianidad. Nadie lo admitiría. Cada cosa en su sitio, ya que, a menudo, la ancianidad es el espacio donde la vida se estrecha, el corredor angosto del deterioro y el achaque.
Pero no la denigremos tampoco. No es eso. La ancianidad hay que percibirla y encararla desde sí misma, si la salud no desvirtúa tan meritoria estancia al sujeto que la vive. La desdeña el hombre desdichado, ya entrado en años, que sufre sin remedio sus propios desechos, al llegar a ella con la línea de flotación herida por los excesos de la carga.
Gozadla los que os la da Dios como un otoño dorado y feliz. Para vosotros es un remanso de quietud y placidez interior bien merecidas, donde el pensamiento y la palabra descansan en un regazo de paz. El equilibrio que las más de las veces desmerecen vuestras rodillas y no fijan vuestras piernas, es la tónica de vuestro criterio madura y sereno. Hay claridad en vuestros ojos y limpieza en vuestras manos. Vivid vuestro tiempo con calma, ajenos a las incógnitas del mañana que ya no tenéis, faltos de tiempo. ¿Para qué, si vuestra cercanía inmediata, más a la mano, es Dios mismo?

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