miércoles, 12 de mayo de 2010

El mercadillo

Los jueves ocurre aquí ese fenómeno comercial tan antiguo y popular, tan extendido a lo largo de la península, que es el mercadillo. Se le antoja a uno como una celebración, en abigarrada concurrencia, de comerciantes y compradores, en un raro concurso de tiendas desmontables que ocupan una extensa zona en la Ronda de Ambeles, junto a las murallas que dan a lo que se llama La Nevera.
Un conjunto colorista de toldos desgastados cobijan las tiendas al aire libre donde se expende toda clase de artículos, desde el género alimentario al textil, de predominante manera, aunque abarcando también menaje de cocina, zapatería, cuchillería, loza, cachivaches de muy diverso uso, bisutería barata, todo organizado en el más perfecto desorden.
Dicen que también aquí se hace presente la crisis, que no se gana dinero y sólo se intenta remendar un poco la vida, pero a juzgar por la afluencia y el constante movimiento de la gente, no lo parece. La gente sigue comprando todo lo que estima oportunamente barato, se necesite o no, de modo que las transaciones no cesan. Para muchos, comprar es un hábito inveterado y una tendencia compulsiva desde el afán incontrolado de estrenar y de tener.
Todos los sentidos se dejan excitar por tan gratuito espectáculo. Huele a fruta, a especies, a pescado, a gente abigarrada, a no sé qué mezcla turbia y lejana. Los ojos registran el confuso movimiento de la gente agolpándose ante los puesto más seductores, nerviosa y expectante. Cierras los ojos para escuchar atentamente, y se percibe al punto un sordo rumor en que se mezclan los gritos tentadores del vendedor y el cuchicheo masivo de la gente.
A mí, personalmente, el mercadillo me cae a trasmano, pero me resulta simpático.

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