sábado, 8 de mayo de 2010

No nos escondas tu rostro


Todas las lenguas poseen modismos y locuciones idiomáticas que les son propias, y su atrevida traducción literal a otras lenguas suele resultar aberrante. Son recursos figurados exigidos por la peculiaridad de cada idioma, que enriquecen y acentúan su expresividad.
El hebreo es rico en locuciones y perífrasis que lo singularizan igualmente, y es de lo más apropiado conocer su sentido original para la exactitud del mensaje. Así, por ejemplo, le pedimos a Dios que “no nos esconda su rostro”. Literalmente, podemos entender que no deje de mirarnos, que no deje de acogernos; pero el modismo hebreo dice más: le estamos rogando en realidad que no se olvide, que no nos menosprecie incluso, que no nos dé la espalda y se aparte displicentemente de nosotros: Tu rostro buscaré, Señor, no me ocultes tu rostro, sal. 27, decimos con temeroso afán.
Es frecuente este uso en los salmos, aunque tampoco falta en otros textos bíblicos. El salmo 10, por ejemplo, dice así, con referencia a un malvado: “¡Dios lo olvida y cubre su rostro para no ver nada!”. Y en el salmo 30, de semejante modo, un hombre desvalido se lamenta así de la esquivez de Dios: “Escondiste tu rostro y quedé turbado”.
El rostro de Dios es la expresión figurada de su presencia, y su ausencia tiene su equivalente en el silencio de Dios, denegación de su palabra reveladora, que es igualmente un modo de no estar, de negarle su presencia a los suyos, siempre requerida y ante la que se postran piadosos los labios doloridos de todo salmo.
Por la cuenta que nos tiene, ojalá que Dios, siempre bondadoso, no nos esconda nunca su rostro y nos sea propicio

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