sábado, 15 de mayo de 2010

Volver a vivir


A lo largo de las pistas del aeropuerto, aterrizan y despegan normalmente, como ayer, como siempre, un avión tras otro. El orden largamente experimentado y seguido con minucioso rigor hace que todo parezca rutinario y sencillo. La normalidad es garantía de confianza de cuantos acceden a volar en esas aprendices de nube que son las enormes aeronaves modernas. Y de pronto, un voluminoso avión que está tomando tierra, explota con gran estrépito como un relámpago de fuego y se desintegra en el aire. Una humareda negra ensucia el aire.
Cientos de personas, desgarradas, descuartizadas, vuelcan sus vidas sobre la pista en abigarrado montón, dispersos sus miembros en una extensa área de muerte.
No les ha dado tiempo a proferir un grito, a percatarse de la tragedia que personificaban. Y en medio del caos, sorprendentemente, un niño da señales de vida. Está magullado, maltrecho, pero vive. Nadie acierta a entender cómo es posible salir con vida de aquel amasijo de muerte.
Todo ha ocurrido repentinamente y de insólita manera. El fragor de la explosión fue como el grito incontenible de todos. Y ahora hay que arropar esa vida joven que se debate por pervivir, latiendo entre los escombros de tanta gente muerta. Dios estaba con él de muy especial manera, y lo apartó cautelosamente, mientras recogía las vidas agonizantes de quienes, por alguna razón que se nos escapa, quiso para sí.

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