Juegan a no sé qué los niños pequeños en el patio de un colegio adjunto. Juegan y gritan, sobre todo gritan como si les persiguieran todos los diablos en llamas del mundo con sus rojos tridentes de fuego, gritan como condenados, como asustados polluelos de corral a quienes el gavilán ataca impunemente. Y el griterío crece por momentos y se vuelve algarada y la algarabía llega a ser fragorosa, como quienes sostienen arriscada batalla en cerco sin salida.
El grito con el llanto son el lenguaje natural y originario del niño desde la cuna. El grito es la enseña más ostensible de su vitalidad. Niño que no grita está muerto o ha dejado de ser niño. Sólo el sueño apaga incidentalmente la inquietud de esa llama viva. La edad le asesina el grito. Y entonces suceden los primeros ensayos de seriedad y largos silencios con uno mismo, al borde de la dudosa adolescencia.
Gritad, gritad, niños, que el tiempo es un bien valioso y escaso, y corre cuesta abajo como liebre a quien acosan babosas fauces de galgo.
martes, 28 de septiembre de 2010
lunes, 27 de septiembre de 2010
La fe en sí mismo
“El que tiene fe en sí mismo, no necesita que los demás crean en él”. Así se expresaba Miguel de Unamuno. La fe en sí mismo da y nace de la propia entereza. Y puede considerarse íntegro quien vive enteramente según los valores que Cristo acreditó con su vida y su enseñanza.
La fe en sí mismo, sin el respaldo humilde la de la fe en Cristo, hace independientes, al borde de la soberbia, desde el aislamiento despectivo de los demás. Somos con los otros o no somos, atados por la soledad que teje el egoísmo. El egoísta no es solidario; vive contra los demás, que convierte en peldaños de su altanería.
Creer en sí mismo es el aspecto visible de la virtud que llamamos fortaleza. Pablo hacía consistir su fortaleza en el respaldo de la cruz de Cristo. Identificarse con el amor de Cristo y la fe en su misterio salvador, que entraña identificarse con el humilde servicio a los demás, serán la enseña de la verdadera fe en vosotros mismos.
La fe en sí mismo, sin el respaldo humilde la de la fe en Cristo, hace independientes, al borde de la soberbia, desde el aislamiento despectivo de los demás. Somos con los otros o no somos, atados por la soledad que teje el egoísmo. El egoísta no es solidario; vive contra los demás, que convierte en peldaños de su altanería.
Creer en sí mismo es el aspecto visible de la virtud que llamamos fortaleza. Pablo hacía consistir su fortaleza en el respaldo de la cruz de Cristo. Identificarse con el amor de Cristo y la fe en su misterio salvador, que entraña identificarse con el humilde servicio a los demás, serán la enseña de la verdadera fe en vosotros mismos.
viernes, 24 de septiembre de 2010
Echadoras de cartas y otros dislates
Es fácil advertir que son varias las emisoras de TV dedicadas al extraño oficio de echar las cartas, consultas adivinatorias y otras brujerías por el estilo muy del gusto de gente vulgar. Es obvio que la Celestina no ha muerto.
Hay quienes prestan su credulidad a estos embaucadores menesteres con fácil asiduidad, vacías de creencias vivas. No son creyentes, son crédulos, faltos de verdades que alimenten de luz su innata necesidad de indagar en la oscuridad del misterio. Y así las cosas, abrevan sus apetencias espirituales en la ilusoria virtualidad de hablar cons sus antepasados familiares o imaginar que desvelan su futuro particular.
Obedece este falso intento a una vieja tentación de sustituir la creencia en Dios con la práctica de la brujería. Ya la Sagrada Escritura establecía su pecado en la Ley de la Santidad, cuyas leyes se cernían, entre otras cosas, sobre la infamante relación con adivinos y nigromantes, como puede verse en el Levítico. Y es que el abandono de las verdaderas creencias se salda con el culto a la memez, desembocando siempre en el mismo lodazal del paganismo absurdo.
Hay quienes prestan su credulidad a estos embaucadores menesteres con fácil asiduidad, vacías de creencias vivas. No son creyentes, son crédulos, faltos de verdades que alimenten de luz su innata necesidad de indagar en la oscuridad del misterio. Y así las cosas, abrevan sus apetencias espirituales en la ilusoria virtualidad de hablar cons sus antepasados familiares o imaginar que desvelan su futuro particular.
Obedece este falso intento a una vieja tentación de sustituir la creencia en Dios con la práctica de la brujería. Ya la Sagrada Escritura establecía su pecado en la Ley de la Santidad, cuyas leyes se cernían, entre otras cosas, sobre la infamante relación con adivinos y nigromantes, como puede verse en el Levítico. Y es que el abandono de las verdaderas creencias se salda con el culto a la memez, desembocando siempre en el mismo lodazal del paganismo absurdo.
jueves, 23 de septiembre de 2010
Esta misma tierra que pisamos
La tierra se resquebraja y se desmorona bajo nuestros pies ahíta de podredumbre y contaminación.
Para los habitantes hebreos de la tierra prometida, el sentido del mundo apelaba a un Dios bondadoso que bendecía con su presencia esa tierra bendita que pisaban. Habitarla era tanto como contraer un compromiso con él, de modo que ofenderle, comportaba no sólo contaminar el templo donde mantenía viva su presencia y se hacía sentir, sino también la tierra que habitaban como impagable regalo suyo, hasta el punto de que, airado, hasta podía castigarles con la pérdida de la tierra y la amarga lejanía del exilio.
El hombre de hoy no sólo se aparta de Dios, sino que conculca de displicente y temeraria manera las leyes naturales que preservan la tierra de su extinción. Se diría que es el hombre mismo quien se hace justicia inclemente y se castiga insensato a sí mismo con justificado rigor. En este sentido, no es de extrañar que prescinda de Dios. Empecatado, hace sus veces de torpe y fatal manera. Hasta que despierte asombrado un día y descubra lo que sus ojos ciegos no acaban de ver lo que la fe se sabe de memoria. Dios quiera que no sea tarde.
Para los habitantes hebreos de la tierra prometida, el sentido del mundo apelaba a un Dios bondadoso que bendecía con su presencia esa tierra bendita que pisaban. Habitarla era tanto como contraer un compromiso con él, de modo que ofenderle, comportaba no sólo contaminar el templo donde mantenía viva su presencia y se hacía sentir, sino también la tierra que habitaban como impagable regalo suyo, hasta el punto de que, airado, hasta podía castigarles con la pérdida de la tierra y la amarga lejanía del exilio.
El hombre de hoy no sólo se aparta de Dios, sino que conculca de displicente y temeraria manera las leyes naturales que preservan la tierra de su extinción. Se diría que es el hombre mismo quien se hace justicia inclemente y se castiga insensato a sí mismo con justificado rigor. En este sentido, no es de extrañar que prescinda de Dios. Empecatado, hace sus veces de torpe y fatal manera. Hasta que despierte asombrado un día y descubra lo que sus ojos ciegos no acaban de ver lo que la fe se sabe de memoria. Dios quiera que no sea tarde.
miércoles, 22 de septiembre de 2010
Madrid y sus prisas
A Madrid le abruma la gran cantidad de vehículos que adensa y entorpece la fluidez del tráfico. La masa de coches que se adueña de sus calles, condiciona de alguna manera la vida de la ciudad. La gente se agolpa en los semáforos, en las paradas de acceso al autobús, en los andenes del metro. Nadie está en su sitio. Todos van hacia él desasosegadamente, con la consiguiente pérdida de tiempo, que como una fuerza invisible lleva a bandazos a unos y otros de un lugar para otro. Pero esto ese la gran ciudad. Uno, al menos, de sus aspectos más visibles e incómodos.
Me acerco a una iglesia. Leo el horario de misas en la cancela y compruebo que desde dentro de poco, en días laborables, una primera de las celebraciones será a las 13h. ¿A las 13h? ¿Para qué entonce tanta prisa? Aunque bien mirado, cada vez hay más tiempo disponible para muchos y menos trabajo para tantos otros.
Me acerco a una iglesia. Leo el horario de misas en la cancela y compruebo que desde dentro de poco, en días laborables, una primera de las celebraciones será a las 13h. ¿A las 13h? ¿Para qué entonce tanta prisa? Aunque bien mirado, cada vez hay más tiempo disponible para muchos y menos trabajo para tantos otros.
martes, 21 de septiembre de 2010
Ruidoso comienzo de curso
Frente a la casa en que resido eventualmente durante mis vacaciones, se abre a la luz del día el patio de un colegio infantil. Son los primeros días del comienzo de curso y los niños se pasan más tiempo en el patio que en el aula y el griterío es inconmensurable. Son niños de muy corta edad. Y no es que y griten por gritar; es que se dan por entero a sus juegos, y como en los gritos de unos quedan como solapados y aguatados los de los otros, el nivel de la algarabía acrece para hacerse oír y aumenta hasta la locura y el desafuero.
No hay más antídoto para apagar tanto ardor que cerrar la ventana a cal y canto.
Son niños y están en su ambiente. El grito es el lenguaje instintivo del niño. Gritan pr todo y para todo. Si lloran, si exigen, si se caen, si se levantan, si se niegan a algo, si juegan, en fin, el grito cubre todo el cupo de su diccionario. Que un niño grite es lo más natural del mundo; que lo haga un hombre, una impertinencia. Es comprensible que un pintor llegue a acreditarse un día reproduciendo la imagen
desorbitada de un hombre gritando descoyuntado en el colmo del desafuero.
No hay más antídoto para apagar tanto ardor que cerrar la ventana a cal y canto.
Son niños y están en su ambiente. El grito es el lenguaje instintivo del niño. Gritan pr todo y para todo. Si lloran, si exigen, si se caen, si se levantan, si se niegan a algo, si juegan, en fin, el grito cubre todo el cupo de su diccionario. Que un niño grite es lo más natural del mundo; que lo haga un hombre, una impertinencia. Es comprensible que un pintor llegue a acreditarse un día reproduciendo la imagen
desorbitada de un hombre gritando descoyuntado en el colmo del desafuero.
miércoles, 15 de septiembre de 2010
Encriptar un texto
El ordenador te permite muy fácilmente escribir un texto de modo que quede invisible a los ojos curiosos de quien trata de descodificar su significado. Hay modos muy elaborados de encriptación, pero lo hay muy simple, como sería valerse de la Fuente, desde Formato, y clicar en el cuadradito blanco, que deja invisible el texto previamente seleccionado.
El destinatario del texto, en un correo electrónico, pongo por caso, todo lo que tendría que hacer es someter a su vez el escrito al proceso contrario después de guardarlo: pinchar en Formato, seguidamente en Fuente, elegir Color, y dar al negro u otro color si así parece bien. El texto aparece entonces plenamente restaurado.
El destinatario del texto, en un correo electrónico, pongo por caso, todo lo que tendría que hacer es someter a su vez el escrito al proceso contrario después de guardarlo: pinchar en Formato, seguidamente en Fuente, elegir Color, y dar al negro u otro color si así parece bien. El texto aparece entonces plenamente restaurado.
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