jueves, 25 de febrero de 2010

Mirambel

Si hay algo que no se le puede negar a Teruel, es la espléndida belleza de sus paisajes y el retirado atractivo de algunos pueblos que parecen haber heredado la pureza claustral de inexistentes conventos que la incuria descuidó.
Mirambel es una muestra palpable de esa fascinación que ejercen en los ojos ávidos del visitante las callejas y edificios de una aldea amurallada donde perdura casi intacto el carácter medieval que le da sentido. Es una aldea silenciosa y tranquila donde parece no pasar nada.
Habría que ir a ella en carro o caballería para no desentonar ni despertar a los muertos. Es como regresar de pronto a un pasado fosilizado en vivo, que aquí no hay que recuperar de artificiosa manera, sino que está como estuvo siempre.
Para el estudioso que guste de sumergirse en las cenizas del pasado y necesite del contexto irrecuperable en que transcurren los hechos, que venga aquí y lo hallará en el auténtico decorado que habitó la historia. Pero que venga sin prisas, no sólo para pasear por sus calles anonadado y oír hablar a sus gentes, sino para estar cuanto pueda y gozar de la experiencia de sentirse vivo en un pasado donde, de ordinario, ya no vive nadie.
No olviden su bello nombre: Mirambel

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