lunes, 14 de febrero de 2011

Dios llueve para buenos y malos

Dios llueve para todos por igual, como una madre. Jesús mismo confiesa que no ha venido a juzgar o condenar. Viene para enseñarnos una asignatura que nadie cursaba ni aprobaba del todo, el amor.
Sería digna de ver la cara de quienes, pasmados, le oyeron decir que había que amar a los enemigos. Así como suna: a los enemigos, cuando la ley de los hombres disponía todo lo contrario y les avisaba de que al enemigo había que sancionarlo con un radical aborrecimiento, como mejor manera de tenerlo apartado y a raya en previsión de toda arriesgada cercanía.
Quien ha experimentado la dificultad de dispensar tu perdón al que te persigue o ha herido, entiende bien la arriesgada novedad de mirar al enemigo desde los ojos comprensivos de Dios. Y es que Él llueve para unos y para otros, porque la fuente no repara si quien se acerca a beber en ella, gusta de rezar o de maldecir.
Nadie , con todo, alcanza a creer que, de buenas a primeras, se pueda pasar de un precepto que predispone a aborrecer, a la orilla opuesta de mirar con buenos ojos a quien te ha rasgado el alma, nada menos que para hacerle un hueco en tu corazón. Sólo que si hay un aprendizaje para todo, lo hay también para aprender a amar sin reservas ni odiosas precauciones.
Jesús es nuestro maestro insustituible en lo tocante a amar a los que no te aman, a quienes él perdonaba mientras le estaban matando, porque moría precisamente por ellos.

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