miércoles, 16 de febrero de 2011

La santidad del corazón y la impureza alimentaria

La santidad del corazón y la impureza alimentaria

No puede uno menos de medir con colmada admiración la sabiduría de Jesús, claramente superior a la de sus contemporáneos judíos. Su enseñanza lo patentiza una y otra vez, sobre todo en la confrontación con lo que enseñan los dirigentes religiosos del momento. No parece tan llevadero contravenir criterios establecidos de modo inapelable, que se inculca desde niños en la sinagoga, comunes por tanto al resto de las personas que constituyen tu entorno. Jesús expone y defiende los suyos desde un ángulo distinto a todo. No es nada hacedero, como no lo es encender la delgada mecha de una lámpara para iluminar los confines de la noche.
Y esa es la tarea de Jesús, al que vemos subir, aguas arriba, para beber de las aguas limpias de la fuente, cuando sopesa criterios infundados para ofrecer la claridad de sus juicios, evidenciando la equivocación de sus adversarios.
Ellos alegarán que interpretan la palabra de Dios, pero ahora la palabra de Dios es él. Jesús ve desde la verdad que encarna; sus adversarios, desde sus propias opiniones, no siempre ajustadas a las verdades que, como en el proceso de un aprendizaje, se les fueron desvelando poco a poco en la Escritura, bien que nunca del todo. La claridad de Jesús es meridiana por eso; la de los hombres es propensa a sufrir torpe y dudosa distorsión, transmitida de unos a otros, en paralelo humano a veces con la revelación.
El criterio que aduce Jesús para contrastar la costumbre establecida de contraer impureza en función de lo que se coma, es nítido y razonable. No hieren el espíritu del hombre los alimentos, sino la maldad que contamina el corazón. No son las vísceras las que mancillan el alma, sino las oscuridades del corazón vencido y arrodillado ante la malicia. Las cosas, claras.
La claridad en la exposición de las ideas fue siempre excelencia privativa de buenos maestros. Jesús lo era de muy notable manera.


No puede uno menos de medir con colmada admiración la sabiduría de Jesús, claramente superior a la de sus contemporáneos judíos. Su enseñanza lo patentiza una y otra vez, sobre todo en la confrontación con lo que enseñan los dirigentes religiosos del momento. No parece tan llevadero contravenir criterios establecidos de modo inapelable, que se inculca desde niños en la sinagoga, comunes por tanto al resto de las personas que constituyen tu entorno. Jesús expone y defiende los suyos desde un ángulo distinto a todo. No es nada hacedero, como no lo es encender la delgada mecha de una lámpara para iluminar los confines de la noche.
Y esa es la tarea de Jesús, al que vemos subir, aguas arriba, para beber de las aguas limpias de la fuente, cuando sopesa criterios infundados para ofrecer la claridad de sus juicios, evidenciando la equivocación de sus adversarios.
Ellos alegarán que interpretan la palabra de Dios, pero ahora la palabra de Dios es él. Jesús ve desde la verdad que encarna; sus adversarios, desde sus propias opiniones, no siempre ajustadas a las verdades que, como en el proceso de un aprendizaje, se les fueron desvelando poco a poco en la Escritura, bien que nunca del todo. La claridad de Jesús es meridiana por eso; la de los hombres es propensa a sufrir torpe y dudosa distorsión, transmitida de unos a otros, en paralelo humano a veces con la revelación.
El criterio que aduce Jesús para contrastar la costumbre establecida de contraer impureza en función de lo que se coma, es nítido y razonable. No hieren el espíritu del hombre los alimentos, sino la maldad que contamina el corazón. No son las vísceras las que mancillan el alma, sino las oscuridades del corazón vencido y arrodillado ante la malicia. Las cosas, claras.
La claridad en la exposición de las ideas fue siempre excelencia privativa de buenos maestros. Jesús lo era de muy notable manera.

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