domingo, 20 de noviembre de 2011

Cristo, Rey del universo


La Iglesia da fin al ciclo litúrgico anual con la fiesta de Cristo Rey, proclamándolo principio y fin de todas las cosas, que como tal, anuncia su Reino de amor a todas las gentes. Un Reino que no es de este mundo, ya que no se funda en el sometimiento y en el dominio sobre la gente. A imagen de David, ungido por el profeta Samuel y consagrado como rey por los ancianos, Jesús es figura de David, ungido como Mesías por el mismo Espíritu de Dios, en el Jordán, a fin de que establezca entre los hombres el reinado del amor. En su reino de amor tienen preferencia los que más necesitados están de él, los pobres, marginados y pecadores, lo que tropieza con los prejuicios mundanos de pretender regirlo todo desde criterios de ley, tanto que hasta quienes lo crucifican, al verlo sometido y debilitado, se complacen en humillarlo como a un iluso: ¿Dónde está ahora tu Reino? - le dicen desafiantes. Y aun sobre la cruz, campea un rótulo que le declara irónicamente Rey de los judíos. Justamente porque es rey universal de todo lo creado, dice san Pablo que todo fue hecho por él y para él. Pero nunca quiso aparecer como tal rey y lo evitó cuando, con motivo de la multiplicación de los panes, intentó entronizarlo el entusiasmo desbordado de la gente. Muy al contrario, se declara pastor universal de cuantos, extraviados, le necesitan. Así lo intuye el buen ladrón, quien oportunamente le ruega que le reserve un lugar en su Reino, reconocimiento que Cristo acoge con solícita prontitud. Pertenecer a su reino es permanecer en su amor, mediante el cumplimiento de sus deseos que el evangelio predica, donde el amor mutuo, y en consecuencia el perdón, la entrega al otro y la esperanza, son un eje temático que transe, ocupa y da sentido a toda su enseñanza.

Reflexión: Un tostón

La expresividad del lenguaje coloquial dispone de un rico vocabulario apto para decirlo todo, a menudo con gruesos trazos, e incluso, a veces, con gracejo. Una mala película, un discurso inaguantable, una novela insoportable, un mitin sin contenido alguno, lleno de improperios, nos llevarán al desahogo desenfadado de sentenciar que son un tostón, un soberano tostón. María Moliner dice que semejante término se aplica a cosas fastidiosas por pesadas. Pesadas, se entiende, anímicamente hablando. Es un tostón entonces todo lo que induce al hastío, todo aquello que, por cansino y tedioso, nos hace bostezar. Pero sucede, además, que lo que para unos es un tostón, una sinfonía clásica, pongo por ejemplo, para otros resulta delicioso escucharla. Se trata de un término, por lo tanto, de doble filo, una palabra movediza e inestable, según los gustos refinados o no de quien la utilice. ¡Alto! Quede aquí mi disquisición, no sea que alguien poco sufrido esté ya tentado de dictaminar que este deslavazado comentario mío en que me he enfrascado, esté pecando también de la insufrible pesantez que censuramos indignados como tabarra, monserga, rollo, matraca y tostón.

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