
Reflexión: El sabiondo
La fina ironía valenciana suele asignarle al pedante un epíteto muy ajustado y justiciero, sabudet o dotor, que lo define con desgarro y displicente desprecio. Se aplica a quien no habla; canoniza con altisonancia lo que dice; pontifica, como quien lacra y emploma solemne todo lo que predica. No accede a dialogar en igualdad de condiciones; excluye al otro minimizándolo, como quien sostiene, brazo en alto, la balanza apodíctica de la verdad absoluta. En una galería de tipos, uno lo pondría al final, pero él se saldría de la fila de mal humor para instalarse entre los más destacados. Concedamos, no obstante, que a menudo, hasta tiene razón y acierta sobre lo que diserta ufano; no es un ignorante; son los modos irrefutables con que alza su campanuda voz lo que le despoja de aceptación y simpatía. Haberlos, haylos.
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