
Reflexión: Sonata nº. 17 in D minor, Op. 31 nº. 2, de Beethoven
Era un niño cuando conocí y oí repetidamente a una aprendiz de piano la sonata nº 17 de Beethoven, bien que con constantes y aburridas interrupciones correctivas de errores y tropiezos en la estudiosa interpretación del tercer movimiento. Pasaron años por distintos derroteros y el olvido fue difuminando las últimas huellas de aquella joya musical exquisita, llena de escaladas y descensos musicales. Ahoras la tengo en disco. No supe hasta muy tarde qué obra era aquella que me embelesaba al oírla. Y hoy, una vez más, he vuelto a escucharla casi con devoción. Su intérprete, de quien nada sé, es un virtuoso del piano que, más que con los dedos, se deja llevar por su sensibilidad en la modulación del desarrollo acelerado del conjunto armónico, a lo largo de una composición con continuados cambios de intensidad, convertida en un diálogo de frases o ecos en cascada de vertiginosos movimientos. No deja de ser un disco de música enlatada. Concedo que no es lo mismo que escuchar la pieza en directo, pero menos es nada.
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