lunes, 21 de junio de 2010

El rico, el camello y la aguja

Jesús proclama con vigorosa voz una de sus sentencias más atrevidas al asegurar que le será más fácil a un camello enhebrase en una aguja, que a un rico alcanzar el estrecho umbral del reino de los cielos. Rigurosa sentencia que permea todo el entramado de su evangelio. Poco más o menos, equivale a sentenciar la exclusión del rico de la eterna felicidad de Dios.
Nada más evidente, si se piensa que el reino de los cielos es el espacio del corazón donde Dios se complace en establecerse como lo que es, el Señor de todos los que austeramente optan por descartarlo todo por él. Jesús sólo abrirá su puerta a quienes, en su seguimiento, opten por desnudarse y tachar con determinación en sí mismos todo lo que no sea satisfacerse con tenerle sólo a él.
El rico se posee gozosamente a sí mismo y se identifica cómodamente con lo que tiene y le define como tal potentado, desdeñoso de la precariedad ajena, porque la proximidad del dolor le afea el paisaje de su bienestar y le entristece el entorno. Para él, lo importante no es ser del todo, sino tenerlo todo. Dios molesta; las urgencias de generosidad y desprendimiento de Jesús le agobian, la visión de los pobres y su miseria le encocoran y abruman, porque no entiende la lógica humilde de Dios de ser para los demás..
Bien nutrido de su propia opulencia, el ojo de la aguja es demasiado estrecho para él. Que lo diga, si no, la prueba del camello. ¿Quién, diablos, daría en inventar la aguja?

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