¿Qué he de hacer para obtener la vida eterna? Amar a Dios y al prójimo. Pero, ¿cómo hay que sentirse prójimo respecto a los demás? Para un judío, el prójimo lo constituían sólo los pertenecientes a la sociedad judía. El resto eran personas más o menos próximas. Con la parábola, Jesús hace ver que prójimo es todo el que necesita de nosotros. Amar no es sólo un sentimiento, sino un acto hacia otro. Prójimo, en ese sentido, son todos, porque todos estamos necesitados del amor de los demás, en una sociedad que, sin solidaridad, sin amor, es una amalgama de gentes, un amontonamiento de personas, nunca una sociedad que viene de las manos de Dios. Aprendamos de Jesús las buenas razones en que funda el reino del Padre sobre todos los hombres. El amor es su ley básica.
Reflexión: Elogio de un reloj chino
Hay a quien el tic-tac del reloj de la alcoba donde se intenta conciliar el sueño, es una desacostumbrada molestia no fácil de soportar, que impide dormir a pierna suelta, ese modo de dormir tan español. De mí puedo decir que agradezco el plumón de un silencio total como el de una almohada. Pues bien; en un bazar chino he adquirido un reloj de pared de respetable tamaño, cuyo segundero recorre el camino redondo de su curso como en un remolino, sin intervalos, sin ese otro nerviosismo terco de pájaro carpintero. Me ha costado 6 €, y funciona. No es como esos otros relojes con pulso, cuyos latidos se perciben perfectamente a lo largo de la llanura callada de la noche. Se diría de ellos que llevan encerrado un pajarillo que pugna por escapar picoteando afanosamente en las paredes de su encierro. Vaya, pues, por delante este elogio del reloj chino, sin que sirva de precedente.
Rincón poético
EL LOCO
Nadie le ponga bridas al loco. Es todo instinto alborotado, un grito encendido de sangre. Su conciencia se ha roto frágil como un cristal. No hay verja que no salve, árbol donde no trepe. Su pulso se concierta con la agresividad. ¿Quién refrena su lucha? ¿Cómo sus desafueros? ¿Quién ha logrado nunca poner límite al mar? Trota como enervado corcel, la crin al viento y sin quererlo, obseso, restalla como látigo su cólera letal. Miradle comprensivos como se mira al niño que airado patalea. A él también se le ha roto su juguete mental.
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