viernes, 16 de abril de 2010

El primitivo retablo de la Iglesia de San Francisco

Pérdidas irreparables del patrimonio nacional, por incuria, robo, incendios o exportación incontrolada, sumarían un tesoro innumerable que no cabría en museo virtual alguno.
Hay indicios para pensar que la Iglesia de San Francisco se erigió no sin prisas, bajo la dirección, no de uno, sino de dos arquitectos. En diez años, la iglesia estaba concluida. Costea la obra el arzobispo zaragozano D. García Fernández Heredia, como iglesia mortuoria que reciba un día sus propios restos. Ni qué decir tiene que el altar mayor luciría un espléndido retablo gótico, por más que su madera no debió quedar lo suficientemente curada como para asegurar largamente su pervivencia. No sabemos cuál pudiera ser una somera descripción que nos diera a conocer su hechura gótica y contenidos complementarios de imágenes o pinturas. Sólo sabemos la inopinada manera como desapareció.
En el mismo siglo XV que lo vio brillar rutilante y se celebra jubilosamente la primera misa, repleta la nave de fieles y autoridades, ocurre el desastre descorazonador. Una noche, dormían plácidamente los frailes, cuando, a altas horas de la misma, un estrépito les alarmó. Buscan desconcertados de dónde podría provenir tan súbito fragor, y comprueban desolados cómo las piezas que componían el altar, se habían desplomado desechas en confuso montón, por el mal estado de la madera, descompuesta por la carcoma.
Dadas las dimensiones y estilo de la iglesia, es de suponer que sería un retablo singular, según los cánones del gótico al que se atiene la iglesia, austera y elegante, al modo de los que de ese tiempo conocemos en Aragón, con sus tres calles donde prima el color rojo, polveras laterales y minuciosa predela, cobijando escenas de la vida de los santos patronos sobre fondo dorado.
Es de imaginar el abatimiento de los religiosos. D. García ya había muerto asesinado por secuaces del príncipe de Urgel. Tiempo después, el Obispo D. Tomás cubriría el espacio vacío con un cuadro de grandes proporciones, fruto de una promesa hecha a los santos Mártires. Poco más cabe decir.

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