lunes, 16 de agosto de 2010

Por los años de 1930 en el Convento de San Francisco

Sentados, de izquierda a derecha, PP. Ángel Ortolá, Luis Mestre, Francisquito, Cipriano Ibáñez (Guardián), Margarit y Luís Ángel. De pie, de izquierda a derecha, P. Leonardo Mira, desconocido, Fr. David Mulet, P. Luis Torres, Fr. Pascual Cominches, P. Pascual Fortuño (beato) y desconocido.

Por devoto o por ex colegial, todavía quedan personas que recuerdan a religiosos de aquella fraternidad. Nadie de cuantos le conocieron olvidan la figura popular del P. Franciquito, el del caramelo interminable siempre a punto. Otros nos recuerdan al P. fray Leonardo Mira, por su sencillez y bondad, que con el tiempo, ejercería de Guardián de la Comunidad y tuvo que hacer frente al desastre descorazonador que desconcertó la vida comunitaria,  destrozados colegio y convento y martirizados algunos de sus miembros, como fray David Mulet  y el P. fray Pascual Fortuño.

Tampoco resulta fácil borrar la efigie exacta del P. fray Luis Mestre, hombre de profunda espiritualidad, recatada vida y cuidada rectitud, en quien recaería el cargo de Ministro Provincial. Excelente profesor de latín y preceptiva literaria, además de poeta,  se reveló el P. fray Luis Ángel. La avidez de la divina presencia y el coraje en la defensa de su fe han llevado a alguno a los altares, como el P. fray Pascual Ortuño.

Quienes alternaron con ellos, saben de las secuelas que una represión despiadada ocasiona en el ánimo más recio, roto el equilibrio y la ponderación, como le ocurriría al P. fray Luis Torres. No tachemos con ligereza de nuestra memoria histórica particular a aquellos frailes, cuya sencillez y bondad marcaron pautas de bien hacer en la vida cuantos les conocieron.

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