sábado, 2 de abril de 2011

El fariseo y el publicano

Dios mira al corazón; no las apariencias, dice el profeta Isaías.


Jesús escenifica este axioma espiritual oponiendo al fariseo altivo que se complace en presentarle a Dios un currículum que juzga ejemplar, al publicano humilde que se limita a hacer recuento de sus desvíos e infidelidades. El uno se estima perfecto y cumplidor; el otro, lejos de sentirse justo, llama con sus golpes de pecho a las puertas de la divina compasión.

Jesús excepcionalmente se instituye juez y proclama justo al pecador arrepentido, mientras sanciona como vana la fachendosa fanfarria del fariseo.

La salvación no se compra ni se vende con ristras de buenas obras, como cree el fariseo. A Dios no se le pone precio. Es el amor lo que nos arrodilla ante él y nos justifica.

No hay comentarios:

Publicar un comentario