
Antes llevábamos en el orillo del alma la impronta del mal; ahora, la de hijos de Dios. Si amamos a Cristo, nuestro hermano que acaba de resucitar, no podemos menos de vivir lacrados ya para siempre con el beneficio de sus llagas resucitadas. La perspicacia del amor nos dirá en cada momento el grado de proximidad al velar su presencia, a la manera como Juan intuye a Cristo resucitado en algo tan simple como el sepulcro vacío. La perspicacia del amor es la perspicacia de la fe, que no ve misterios; intuye certezas.
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