
Reflexión: el atardecer
El día, sudoroso, acaba siempre desfalleciendo, en cuyo trance tiene lugar el atardecer. Lo presagian la horizontalidad de la luz solar y el creciente alargamiento de las sombras que árboles y casas proyectan sobre el suelo. Las sombras mismas se erigen en anticipo de la noche. Se le adentran rastreras, furtivas al paisaje, entristeciendo la serenidad de las últimas luces exangües, al declinar ya el día. El atardecer tiene mucho de puente levadizo entre el día y la noche. No pasa de ser un pasadizo por el que huye agotado el día, fatigado del ajetreo diurno y el tráfago ciudadano, al encuentro del merecido descanso. Sabe hasta qué punto es seductora la noche en que se abisma irremediablemente, los ojos ciegos. El haz de nubes arreboladas que en ocasiones lo despiden, es un adiós floral que apunta visos mortuorios.
Rincón poético
LA NIEVE
Dicen que ha nevado
en cumbres lejanas.
Me gusta la nieve
tan leve y tan blanca.
Me gusta ver lentos
los copos caer,
mariposas muertas
de un frío cruel.

Mariposas suben,
mariposas bajan,
mariposas tristes,
mariposas blancas.
Me gusta el paisaje
tan puro, tan tenue,
que el silencio acuna,
que el silencio aduerme.
Es como si el mundo
cambiara de piel
para guarecerse
de lo sucio que es.
La nieve transporta
a un mundo mejor.
Se nota en su hechura
la mano de Dios.
Un capricho tengo
que al corazón hiere;
vestir la blancura
de un copo de nieve.
(De Poemas para andar por casa)
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