jueves, 19 de enero de 2012

La palabra y los hechos

En nuestra cultura occidental, al estructurar los contenidos evangélicos, tendemos a discernir y separar lo que Jesús hizo de lo que dijo; los hechos, de las palabras. No piensa así la Sagrada Escritura. En el Génesis se nos enseña que Dios dijo e hizo lo que dijo. Sus palabras son creadoras. No hay separación entre lo que Dios dice y lo que hace. Todo, lo uno y lo otro, es obra suya.
Así es como Jesús devuelve la salud a los enfermos, mediante la eficacia de la palabra. Su palabra es un hecho. No es sólo vehículo de enseñanzas, sino que es activa. Hace lo que dice.
De ahí también que aceptar las palabras de Jesús, hacerlas nuestras, es dejar que obren en nosotros desde su fuerza vital. Y quien acepta las palabras de Jesús, por su eficacia, se hace suyo y le sigue.
Nuestro testimonio conviene que resulte de vivir lo que Cristo nos enseñó de palabra. Quien vive lo que enseña Jesús, está actuando a la manera de Cristo con la fuerza del espíritu, que nos inspira lo que debemos decir y lo que debemos hacer.

Reflexión: Feliz encuentro

Y de pronto, la visita inesperada de un amigo desde tierras lejanas te, levanta el corazón como una pluma. La amistad es un regalo que nos damos los unos a los otros , el árbol frondoso de la generosidad que da generoso fruto todo el año. Un regalo que da saltos de emoción como el perro amigo cuando la ausencia pone inapreciable precio a estos encuentros periódicos. Es, a no dudarlo, uno de los modos de convivencia más gratificantes. Estés donde estés y a pesar de las distancias, la amistad te acompaña siempre como el ángel de la guarda al que tampoco vemos. Puedo decir que se me ha aparecido in ángel, porque he podido abrazar con gozo al amigo de siempre.

Rincón poético

LA IGLESIA VACÍA

La mano somnolienta del anciano,
que ha celebrado misa y le temblaba
el labio al borde de la copa,
reposa sobre el hule sobado del breviario
como un lirio marchito.

Sabe que no está solo. Nunca estuvo
solo, la puerta abierta
del corazón a pobres desvalidos.
Sabe que no está solo
quien a Dios tiene, pero a veces
siente una soledad que no tenía
cuando, joven aún, imaginaba
la Iglesia, como un papa, ante sus pies.

Sufre una soledad acristalada
de ausencias, agotado
el tiempo, la colecta y la alegría.
Sueña iglesias repletas de cristianos,
nubes grises pintadas por el Greco,
mendigos repartiendo limosna y crisantemos
y vuelos juveniles de plácidas gaviotas.

La realidad, después, es una ermita
vacía y una misa solitaria,
hueca la voz, calcada por el eco.
Tan lejana la grata concurrencia
y empobrecido el presbiterio,
acepta su pobreza hospitalaria,
con la lechuza y unas golondrinas
que anidan en el techo,
con una cruz de palo que no tiene
ni el crudo rostro de Jesús sangrando.

¿Como llenar de Dios todo el vacío
de Dios que Dios no llena?
Y reza y va rezando:
-Rezad conmigo, al menos, avechuchos,
negras aves de Dios: “Ave María”.

(De el poemario Invitación al gozo)

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