La superficialidad les enturbia los ojos y no les deja ver que Dos ama al hombre, que no le es indiferente que se le vaya de las manos y que su bondad compasiva no tiene límites.
Reflexión: Naturaleza y artificio

Desde la cultura clásica, la tranquilidad del campo y el desasosiego de vida ajetreada de la ciudad masiva ha constituido una antítesis de realidades entre las que el hombre devana su vida. De ahí a contraponer el silencio beatífico del claustro monástico y la vida descuidada del hombre alejado de Dios, queda apenas un palmo de tierra. No cuesta tanto entonces ver la ciudad desmadrada, de inalcanzables pisos, en la pesada mole del rascacielos deshumanizado, desde la placidez natural del franciscano desasido de pesantez que se mueve entre salmos y humildes ocupaciones.
El hombre de la ciudad goza contemplando el declinar del sol en el ocaso de su curva trayectoria. El dibujante, al revés, ha contrastado en dos planos ese distanciamiento de formas de vida irreconciliables, desde el punto de vista de la naturalidad de unas colinas, frente a la ciudad borrosa, más cercanas a Dios que a los hombres.
Rincón poético
PLEGARIA A MARÍA POR LOS MÁRTIRES DE HOY
Mis hermanos, Señora; mira cómo
se mueren mis hermanos.
De nuevo necesitan
el calor de tus manos.
Llevo la carne herida
en el dolor en que se sume el llanto.
La sangre que ellos sangran
en tierra como un charco,
tiene mis mismas venas,
porque es la que yo sangro.
¡Mis hermanos, Señora!
¡Señora, mis hermanos!
Como en la cruz de Cristo,
en ellos otra vez crucificado,
no les dejes, Señora, nunca solos
morir en despoblado.
Esa es la Iglesia, mi Señora,
a quien están crucificando.
Mis hermanos, Señora,
son también tus hermanos.
Escucha entre sus súplicas
tu nombre soberano.
¡Tus hermanos, Señora!
¡Señora, tus hermanos!
(De Invitación al gozo)
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