miércoles, 9 de enero de 2013

Jesús sobre las aguas


Jesús, después de despedir a la gente, a la que ha alimentado con pan y peces, se retira a orar. La oración es el único alimento imperecedero. Y a instancias de Jesús, los apóstoles, se trasladan a la orilla opuesta del lago. Jesús, andando sobre las aguas, les adelanta, ya anocheciendo.
Es él quien se nos aparece siempre como quien va de largo. Un gesto repetitivo: Con los discípulos de Emaús ocurre algo así, y guarda, por tanto, alguna significación. Dios nos sale al camino de mil modos, porque es imprevisible y no se ajusta siempre a lo que esperamos de él. Nuestro mundo es el de la línea, la  lógica y lo razonable; el de Dios es el del misterio, de lo inefable y lo prodigioso. No es de extrañar que sorprenda a los suyos, en medio de un lago.
Dios pasa siempre ante nosotros y sigue adelante como si nada, si no salimos tras él llenos de fe, y no como Pedro, dudoso y tambaleante. Como los discípulos, descubrámosle y confesemos su realidad divina: Verdaderamente, tú eres el Hijo de Dios.


Reflexión

Los celos de Dios



Una de las tentaciones más persistentes y resbaladizas del pueblo judío en Canaán era prosternarse ante otros dioses que no fueran Yaveh, el único Dios verdadero. Los paganos creían que en el interior de las imágenes idolátricas residía la divinidad representada en ellas. De ahí la importancia de regocijarse contemplando su rostro. En el Deuteronomio, después de haber dedicado un capítulo a los preceptos que hay que cumplir, se insiste en cuidarse mucho de adorar esos ídolos, porque el verdadero Dios es extremadamente celoso y montará en cólera contra el idólatra.
Hoy nos tientan con sus carantoñas otros ídolos no menos atractivos a quienes rendimos tributo sin empacho, como el dinero, el sexo, la ambición, la competencia desmedida, y Dios sigue siendo el mismo Dios celoso de siempre. Conviene no arriesgarse echándolo en olvido.

Rincón poético

   LA LUZ DE DIOS

La luz que ilumina al Niño
nadie sabe quién la enciende.
¿Ángeles serán tal vez,
María, José o un duende?

La luz que ilumina al Niño
es él mismo quien la enciende.
Arde una llama en su pecho
que es como la zarza ardiente.

No se consume al arder
y descongela la nieve.
Su aliento empaña los ojos
de san José y no lo entiende.

Unos pastores le traen 
un cantarillo de leche.
Se cubren del resplandor
con las manos para verle.

No necesitan estrella
magos que de noche advienen,
que brillan más que una estrella,
ardiendo sus ojos verdes.

La luz que ilumina al Niño
es Dios mismo quien la enciende.

(De Tu luz nos haga ver la luz)

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