viernes, 16 de marzo de 2012

El primer mandamiento

En la ignorancia de cosas necesarias, no siempre se tiene la humildad justa para recurrir a quien pueda sacarnos de dudas. El escriba, que no acierta a ordenar los mandamientos por orden de importancia, no duda en recurrir a Jesús. Le importa la verdad. Y la respuesta le hace ver lo que todo fiel judío hace al levantarse por la mañana y a la tarde: rezar el shemá: Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor. Amarás al Señor, tu Dios, con todo el corazón, con toda el alma, con toda tu mente y todas tus fuerzas.
El acerbo de comentarios legales y actualizaciones de los doctores de la Ley llegaron a complicar su inteligencia hasta la confusión. Jesús ratifica que el meollo de la ley sigue siendo el amor a Dios, por más añadiduras que se apliquen a lo que Dios revela.
Más que saber mucho, importa tener ideas claras, como que Dios es tu único Dios, y que hay que olvidarse de otras muchas cosas que lo sustituyen. El extravío estriba no en amar, sino en amar lo que no se debe. Y a vuelta de hoja, escrito en el respaldo del primero, hay un segundo mandamiento, amar al prójimo como a ti mismo.
La medida no es pequeña, porque amar, nos amamos con todo el interés del mundo. Sólo que en la medida que se intenta amar a Dios, empieza a disminuir de inmediato el excesivo amor que nos tenemos. El amor es la esencia de la buena nueva, por lo que es muy importante llegar a ese convencimiento, si se acepta la divina palabra. No estarás lejos entonces del reino de Dios.


Reflexión: San Francisco y sus dibujantes
Acabo de hacer una evaluación no excesivamente rigurosa sobre una cifra sobrada de dibujos inspirados en la vida de san Francisco, para ver cuáles son los temas que más motivan sus preferencias a los artistas. No deja de ser un modo de conocer las facetas más socorridas que ofrece el santo a quienes tratan de interpretarlo de un modo u otro. La escena más repetida es la de san Francisco y el lobo de Gubio, que popularizan Las Florecillas y el afamado poema del poeta nicaragüense Rubén Darío. Le sigue en número de frecuencias la efigie del santo asisiense entre un conjunto representativo de muy variadas criaturas, a las que él llamaba hermanas. Sigue en importancia el recuerdo de Francisco predicando en el bosque a las aves. Y muy a su altura, la escena de la impresión de las llagas de Cristo en su cuerpo. No faltan ilustraciones en que aparece el santo fundador él solo, con perfil más o menos estilizado, como signo evangélico de santidad eminentemente pobre o en actitud orante.
En general, puede hablarse de un santo con gran poder de convocatoria, en una sociedad cansada de sus excesos, que tiende, distraída de Dios, a trivializarlo todo. La prédica testimonial de Francisco sigue vigente, aunque, a él, manso y humilde, no le guste hablar a gritos.

Rincón poético

LA RUINA DEL TIEMPO

El tiempo es un enigma.
Es juventud y es luego
añosa ancianidad;
joven, maduro y viejo.
Cambia de vestimenta
veleidoso y travieso
en primavera, estío,
en otoño, en invierno,
como loca veleta
según le sople el viento.
Nada deja a su paso,
ario caballo añejo.
Acueducto o castillo,
calzada o castro ibérico,
catedral o palacio,
ermita o monasterio,
él mismo es la piqueta
y el mismo el cementerio.

Su alimento es la muerte,
su suerte el desenfreno.
Va al trote, desbocado,
la crin tendida al viento.
¿Quién sabe la manera
cabal de detenerlo?
No lo intentéis. En vano
desafiaréis tal riesgo.
El tiempo es una ola:
no tiene ley ni freno.

De Invitación al gozo)

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