miércoles, 14 de marzo de 2012

Plenificar la ley

Jesús sale aquí al paso de quienes le acusan de que ha suprimido los mandamientos de Moisés. Jesús replica que no ha venido a abolir la ley, sino a dar cumplimiento cabal a unos mandamientos, que no deben limitase a su formalismo externo, de modo que, en vez de ese cumplimiento objetivo y aparente, cumpla uno de verdad ajustando los propios deseos a los de Dios.
Jesús enseñaba que, por ejemplo, quien se inclina ante la desgracia de un hombre, para ayudarle a que supere sus achaques, no sólo no queda impuro por hacerlo en sábado, sino que queda aún más limpio de lo que estaba. Y asimismo, si un sacerdote y un levita se alejan del samaritano malherido en vez de acercarse a él, hubieran estado en condiciones de celebrar un culto agradable ante Dios. Evitando al necesitado, es cuando no lo están.
Esos son los mandamientos que él trató de que entendiéramos, desde la misma Ley de Dios, donde se manda amar al prójimo como a nosotros mismos. Y del que así procede, su misma vida es una alabanza a Dios.

Reflexión: Bazares chinos

China está en todas partes. Bazares donde se vende barato toda suerte de quisicosas, aunque cada vez de mayor calidad, quedan distribuidos por toda la geografía española. Se advierte que ahora, saturados barrios y poblaciones, en constante rivalidad los propietarios de los susodichos establecimientos entre ellos mismos, diversifican su oferta comercial y de servicios. Aumentan los restaurantes de platos sofisticados y exóticos, las peluquerías, locutorios, y en general, eligen aquellas actividades de uso imprescindible, lo que asegura su viabilidad, si bien también ellos alegan que es sensible el descenso de sus ventas y servicios.
Disponen de almacenes centrales que importan, renuevan y les sirven la mercancía con puntualidad, en tanto que la policía les protege de la peligrosa ingerencia de las mafias orientales, actividad delictiva a la que se es tan propenso recurrir en países de extremo oriente. Sus tareas comerciales están aseguradas.

Rincón poético

LA PALABRA EXACTA

La palabra precisa,
la palabra apropiada,
esa misma que terca se resiste
como liebre asustada,
qué huidiza que es, qué esquiva.
¿Sabe alguien qué recelan las palabras?
Con mi candil la busco,
la busco con mi lámpara,
hasta que doy con ella,
al fin, agazapada.
Con lo útil que sería
tener a punto siempre esa palabra,
que equivocadamente
no siempre es la mejor, la más exacta.

(De Invitación al gozo)

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