lunes, 12 de marzo de 2012

En Nazaret

Jesús se queja de que, mientras en todas partes es acogido de manera tumultuosa, ahora que regresa a su pueblo, se le mira con recelo: no creen en él. Y recuerda cómo en la Escritura la tónica es que Dios, desatendido por los suyos, los cercanos, vuelve la cara y les presta su favor a los de fuera, los lejanos.
Una seria advertencia. Como si dijera: Dios os puso en primer lugar, pero si me excluís a mí, su enviado, quien ahora os excluye a vosotros soy yo.
Es una advertencia a la que hay que prestar oídos muy atentamente y con preocupación: no excluyamos nunca a Jesús de nuestras preferencias, de nuestras vivencias cotidianas, porque corremos el peligro de ser excluidos por Dios. Y esto es grave, muy grave.


Tablas de lavar

Resultan entrañables aquellas escenas de unas señoras, con sus tablas de lavar, a orillas del regato, del río o del mismo lavadero público. Consistían las tablas de lavar en recias tablas de madera acanalada horizontalmente para propiciar el roce de la ropa enjabonada con gruesas pastillas de jabón Lagarto. La compañía de un grupo castizo de lavanderas con idéntica ocupación de dejar de un blanco luminoso las sábanas y más limpia que la vecina la ropa, favorecía los dimes y diretes murmuradores y en ocasiones los altercados pendencieros, donde desaguar desahogos e inconfesables represiones caseras. Toda una estampa costumbrista de popular zarzuela.
El tiempo arruina costumbres y castillos. Ya nadie lava o apenas. Lo hace muy cumplidamente la flamante máquina lavadora. Y el río ha quedado solo.

Rincón poético

LA SERVICIAL ACERA

La acera sabe el peso
de la ciudad entera.
Pasos acelerados,
lluvias, saltos, peleas...
Es la espalda de todo.
¡Qué sufrida la acera!

Todo el mundo la pisa,
la suciedad la afea;
es el perro sumiso
que todos apalean.
Y en su misma humildad,
como quien no se entera,
aterida de frío
o ardiente, al sol, acepta
ser vasallo de todos,
por más que a nadie representa.

De lo pequeño, dice
bien siempre su modestia
y el ser para los otros
sin pedir nada a cuenta,
servicial atributo
que no todos aprecian
en un mundo confuso.
¡Qué sufrida la acera!

Merecía un tributo.
Hoy me he acordado de ella.

(De Invitación al gozo)

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