Dios envía su Hijo al mundo para que el mundo se salve. O como lo dice Pablo: Dios amó tanto al mundo, que nos entregó a su mismo Hijo. Que Dios haga donación de Sí mismo al hombre en la persona del Hijo, es la gracia por excelencia de Dios. Y aceptar esa donación, es aceptar la propia salvación, del modo más consecuente y sensato: rechazarlo, es una locura.
Jesús no se muestra ni áspero ni severo cuando establece que la dureza del hombre ante tan ilimitado beneficio, comporta un suicidio espiritual. Dios no nos obliga ni a aceptar sus dones ni a rechazarlos. Nos los propone, respetando nuestro libre albedrío. Pero rechaza al que le rechaza y abre sus brazos a quien se los abre a él. Así de simple.
Reflexión
Condicionante de toda aparición
Tres son los condicionantes que concurren en cuantos ven a Jesús vivo otra vez: la fe desde el reconocimiento de su nueva realidad, el testimonio que difunde noticia tan trascendente y la alegría consecuente de recobrar su divina presencia, ahora haciendo Iglesia y congregando a sus seguidores dispersos. Sólo que ahora es el Espíritu quien hace las veces de Jesús entre los suyos inundando con el don del gozo y el entusiasmo al bautizado en nombre de Dios.
Rincón poético
JUNTO AL LAGO, DE NOCHE
El lago fue testigo
de aquel afán
de quien sin ti y de noche
quiso medrar.
¡Qué absurdo atrevimiento!
¡Qué desatino!
No contar con quien se hace
sangre del vino.
-¿Me amas? - Me ruega entonces
Jesús tes veces-.
-¿Me amas? -Yo le respondo
afirmativamente-.
-¿Me amas más que estos?
- Jesús piadoso,
ya quisiera yo amarte
más que los otros.
No alcanzaré yo solo
amarte tanto.
Sé que contigo todo
puedo lograrlo.
Abrir de par en par
el corazón ,
para que me lo llenes,
quisiera yo.
( De La apresurada ternura del almendro)
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