domingo, 2 de junio de 2013

Corpus Christi

    San Pablo recoge de la tradición recibida la fórmula consecratoria más antigua del pan y el vino, con palabras semejantes a las de san Lucas. Se destaca en ellas la muerte de Jesús, su entrega y la nueva alianza: su cuerpo será entregado por nosotros; su sangre será derramada; el cáliz es el de la nueva alianza. Y en el hecho eucarístico de la Cena del Señor, acentúa san Pablo el simbolismo de la unión entre el alimento y el que lo come.
    El evangelio y las Cartas están en la base de la celebración eucarística. San Pablo nos traslada al testimonio de las primeras comunidades presididas por él, en las que se cumplía el mandato de Jesús de hacerle presente por medio el Espíritu, que es quien le sustituye desde su vuelta al Padre.
    Jesús, al despedirse de los suyos con una cena, tiene plena confianza en que esa Cena  imprimirá carácter a la Iglesia, donde seguimos experimentando: la unión de todos en Cristo, la entrega y el servicio. El Espíritu nos da la comprensión de sus palabras y su obra, iniciando entre los suyos una nueva presencia espiritual y una nueva relación con el Padre.  Será ahora cuando sientan la necesidad de compartirlo todo con todos, porque son en la medida que son con los demás. Y en el culto, siempre destaca la celebración y centralidad de la cena. Rompiendo el pan como Jesús, eran testigos de su nueva presencia resucitada
    La eucaristía es la acción de gracias al Padre, por la resurrección de Cristo. Y al participar  hoy de ella, celebremos con gozo y gratitud esa presencia del Señor resucitado entre nosotros. Comulgando, nos unimos todos con él y hacemos Iglesia,  mediante nuestra entrega y el servicio debido a los demás.  A este fin, que no nos falte nunca su gracia, porque sin él, sin ese pan, sin ese vino,  nada podamos hacer.


Reflexión

Herodes el Grande
    Al reyezuelo Herodes debe Palestina y su capital el esplendor monumental del que llegó a gozar. Palacios, ciudades, fortalezas, un templo dedicado al emperador, de quien fue favorito, el fastuoso templo de Jerusalén en una de cuyas esquinas se reservó una fortaleza. Se granjeó para ello el favor de Antonio y Octavio. Pero su carácter despótico le hizo merecedor del desprecio popular. Imposibilitado por su origen idumeo de ejercer como sumo sacerdote, se entrometió para que oficiaran miembros familiares, a él sujetos. Muerto, el emperador dividió el territorio entre sus hijos. Galilea le correspondió a Felipe.


Rincón poético

OTRA VEZ LA LUZ

Despierto y sé que vivo todavía
porque la luz me dice que su mano
ha descorrido las cortinas rubias
de un nuevo amanecer.
La luz es mi divino compañero,
de todas mis andanzas,
mi ángel particular
con su glauca mirada luminosa.
¿Qué soy yo sin la luz, sin el regazo
maternal de la luz?
No tengo lámpara ni aceite,
como las vírgenes cansadas
que esperan distraídas al esposo.
La lámpara la encienden
en mi propia penuria
las hacendosas manos de Dios mismo.
Él es mi luz; no hay otra que no sea
remedo de la suya incontrastable.


(De La flor del almendro)

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