jueves, 27 de junio de 2013

Por sus frutos los conoceréis



De la misma manera que el fruto revela la calidad del árbol que lo produce, al hombre lo delata la calidad de las obras que lleva a cabo. Si buenas, fructifica provechosamente; si malas, malogra toda posible cosecha. Juzgamos bueno a quien obra bien y con rectitud. 

Es fácil calificar a una época como la nuestra que ha dejado los valores evangélicos en la cuneta, porque ser cristiano y obrar rectamente coarta la libertad de hacer cada cual de su capa un sayo. Las etapas en decadencia, como la vivida por el pueblo romano, tienden a corromperse y desaparecer, y hoy, nuestro mundo sabe mucho de corrupción en todas sus formas y está tentando la suerte. 
Nos corresponde denunciar el barajuste de nuestros días con el testimonio del buen ejemplo, que es la mejor manera de reprender a quienes, si no desconocen la bondad del corazón, lo van olvidando insensatamente.

Reflexión

Pon la otra mejilla


El evangelio concreta que si alguien te abofetea en la mejilla derecha, le ofrezca la izquierda. ¿Cómo en la derecha? Lo normal es golpear en la izquierda. Lo que sucede es que nosotros traducimos como bofetón un golpe dado en la mejilla, lo que en los usos hebreos es un revés dado con el reverso de la mano. Un golpe menos doloroso, pero más humillante.
En todo caso, lo que se nos enseña de este modo es no responder con injurias o violencia a la agresividad ajena. Cristo nos dio cabal ejemplo. 


Rincón poético

 A LOS PIES DE DIOS

¡El río desbordado 
arrastra tantas cosas!
¡Existe tanta gente cuyos pasos
borronea el olvido!
¡Vale tan poco no ser nada
cuando al fin te percatas,
tal vez decepcionado, humildemente,
que no eres nada!
¿De qué sirve dejar superficiales
huellas tentando el mar?
Es estimable, al fin,
no ser nadie a los pies de la historia de todos,
si se es todo de Dios. Él sabe el número
de la estrellas, sabe
las arenas del mar o todo del tiempo
escanciado por él en  nuestros días, 
pendiente de nosotros, como madre
del hijo que no reza todavía
el nombre de mamá.
Entrad hasta el salón donde él está.
Entrad sin ruido, despaciosamente.
Entrad con la humildad de aquel que pisa
con mullidas pisadas,
calladamente, como vuelo
impalpable de brisa
una alfombra en palacio.
Él nos está esperando
al borde de la noche, en cada estrella,
en cada esquina, 
nuestra llegada jubilosa, un día.

(De La flor del almendro)

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