
Frente a frente, el camino del mal y el camino del bien. El del mal es ancho y cómodo, el del bien, estrecho, áspero y dificultoso.
Jesús entiende que la mejor manera de ir por el camino de la rectitud es el cumplimiento de la ley evangélica, que postula tratar a los demás con toda la corrección posible, y la máxima corrección es la que dicta el amor. Y da una razón de sentido común: seréis tratados como vosotros tratéis a los demás. Es una versión de lo que se llama la regla de oro de la Escritura. Si no os comportáis con el hermano como inspira la buena condición cristiana del amor mutuo, habéis sentenciado vuestra propia ruina, la de los que no saben amar.
Jesús nos predice que no nos será fácil, pero es el único camino que complace y lleva a Dios. Elegir el buen camino es elegir a Jesús mismo, que dijo que él era el camino, y nadie va a Dios sino por él. Él es también la luz. Que nos ilumine en todo momento el derrotero que va a Dios y que ilumine a los que, confusos, no saben adónde ni por dónde van.
Reflexión
El sentido de la muerte

AQUÍ Y AHORA
Nunca me voy del todo
del lugar donde he sido
felizmente y me he hecho;
siempre me queda en la conciencia
su tierra noble y la ceniza oscura.
Mas aquí es donde estoy. ¿Por qué intentamos
vivirnos a destiempo
y, absurdos, nuestra cotidianidad?
¿Acaso apacentamos nuestros bríos
en un lugar y en otro almacenamos
nuestra vida vivida?
En vano nos parece que es mejor
nuestro tiempo pasado.
Hay que guardar en un archivo polvoriento
que no consulte nadie
lo que ya ha acontecido y nadie puede
poner de nuevo en pie. Vivamos plenamente
aquí donde esperamos,
bajo el sol y el sudor de cada día,
la cosecha inmediata,
al filo mordedor de nuestras hoces.
Vivamos aquí, ahora,
la luz que nos despierta cada día.
(De La flor del almendro)
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