martes, 25 de junio de 2013

Los dos caminos


      Frente a frente, el camino del mal y el camino del bien. El del mal es ancho y cómodo, el del bien, estrecho, áspero y dificultoso.
Jesús entiende que la mejor manera de ir por el camino de la rectitud es el cumplimiento de la ley evangélica, que postula tratar a los demás con toda la corrección posible, y la máxima corrección es la que dicta el amor. Y da una razón de sentido común: seréis tratados como vosotros tratéis a los demás. Es una versión de lo que se llama la regla de oro de la Escritura. Si no os comportáis con el hermano como inspira la buena condición cristiana del amor mutuo, habéis sentenciado vuestra propia ruina, la de los que no saben amar.
Jesús nos predice que no nos será fácil, pero es el único camino que complace y lleva a Dios. Elegir el buen camino es elegir a Jesús mismo, que dijo que él era el camino, y nadie va a Dios sino por él. Él es también la luz. Que nos ilumine en todo momento el derrotero que va a Dios y que ilumine a los que, confusos,  no saben adónde ni por dónde van.

Reflexión

El sentido de la muerte


El hombre ha interpretado sobrecogido el sentido de la muerte en función del concepto del mundo propio de cada cultura. El pueblo hebreo, en la antigüedad, entendía que al morir, el soplo vital que animaba al hombre quedaba inactivo en el polvo misterioso del sheol. Desde Daniel, se empieza a entrever que ese aliento vital volvía a las inmediaciones de Dios, dueño de la vida. La resurrección de Cristo, rescatándonos del pecado, origen de la muerte, enseña que, resucitados por el mismo Espíritu que le habita a él, recuperamos la eterna amistad de Dios.

Rincón poético

    AQUÍ Y AHORA

Nunca me voy del todo
del lugar donde he sido
felizmente y me he hecho;
siempre me queda en la conciencia
su tierra noble y la ceniza oscura.
Mas aquí es donde  estoy. ¿Por qué intentamos
vivirnos a destiempo 
y, absurdos, nuestra cotidianidad?
¿Acaso apacentamos nuestros bríos
en un lugar y en otro almacenamos
nuestra vida vivida?  
En vano nos parece que es mejor
nuestro tiempo pasado.
Hay que guardar en un archivo polvoriento
que no consulte nadie
lo que ya ha acontecido y nadie puede
poner de nuevo en pie. Vivamos plenamente 
aquí donde esperamos,
bajo el sol y el sudor de cada día,
la cosecha inmediata,
al filo mordedor de nuestras hoces. 
Vivamos aquí, ahora,
la luz que nos despierta cada día.

(De La flor del almendro) 

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