
También durante la Navidad, en Nigeria, se perpetró una horrorosa masacre de cristianos, aprovechando taimadamente la celebración de la Nochebuena, conscientes los malhechores del significado cristiano de tal festividad. Otro tanto ha ocurrido en Irak, país donde los enemigos de la paz adosaron catorce bombas a otras tantas casas cristianas, de las que diez arrasaron dichas viviendas impunemente.
El arzobispo caldeo de Kirkuk lamenta que “atacar a los cristianos se haya convertido en un fenómeno habitual en el país”, y que se acentúe el éxodo de cristianos a Kurdistán.
No acaba ahí tan absurda locura. En Egipto, la comunidad copta de Alejandría sufrió, igualmente, el ataque enloquecido del extremismo ciego en la Iglesia de los Santos, extremo atribuido a Al Quaeda. Es la mano que mueve los hilos del odio anticristiano y que organiza esa odiosa caza inhumana con perversa exactitud y cuidada coincidencia, hiriendo donde más duele, en el mismo corazón de la fe.
Contentémosnos en pensar que no todos los musulmanes participan de semejante actitud irreductible y fanática.
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