lunes, 24 de enero de 2011

Los milagros de Jesús

        Hay quienes, desde la autosuficiencia, sonríen cuando oyen hablar de la autenticidad de los milagros.
Que Jesús hizo curaciones imposibles, no es razonable ponerlo en duda, porque están más que suficientemente atestiguadas. Otra cosa es que, desde la ciencia, se consideren hoy milagros, lo que con menos conocimiento de causa se reputaban crédulamente tales en otro tiempo. Aun así, no resulta fácil trazar la raya que discrimine lo fácilmente explicable de lo que no.
En todo caso, no era la espectacularidad prodigiosa lo que la Iglesia primitiva destacaba en ellos. A Jesús mismo, no era el milagro en sí lo que más le importaba. En más de una ocasión manda a sus beneficiados que no digan nada a nadie. Importaba su intencionalidad servicial. Ser para el otro, desde la humana propensión que nos aboca a compartir sus miserias como propias, era lo que movía el pulso compasivo de la mano sanadora de Jesús, al tiempo que él insistía en respaldar en ellos su preocupación por inducir a creer en su palabra. El milagro se convertía así en soporte de su enseñanza evangélica, que fue en definitiva lo que condujo a interpretarlos como signos, tan ostensible en el relato de Juan, desde la cultura en que la mano de Dios mecía y mece amorosamente el corazón del hombre.

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