viernes, 28 de enero de 2011

La semilla y las parábolas

La parábola de la semilla las comprende a todas, si consideramos que el sujeto que protagoniza el relato es la palabra de Dios que el sembrador de la divina gracia  esparce abiertamente aquí a boleo.
No él quien elige el sitio exacto en que ha de caer el grano, sino que corresponde a la disposición más o menos fértil del individuo hacer que fructifique o no la virtud de la gracia, que en sí es la misma para todos.
La parábola nos muestra en Jesús una mentalidad rica en matices, lejos del pensamiento exacerbado del maniqueo que lo radicaliza todo como negro o como blanco, bueno o malo, todo o nada. Hay una escala de comportamientos en progresión desde el significado de la esterilidad plena del camino, al terreno un tanto baldío de la inconstancia simbolizada en el terreno pedregoso, o el sofoco de las zarzas desde el ajetreo estresante que ahoga todo intento de medro espiritual. Queda a salvo la tierra abonada y mullida de la alegre acogida del milagro de la palabra esperanzada y provechosa.
Sólo que una parábola que expande su sentido escalonado en planos sucesivos, no es ya una parábola. Se la convierte en alegoría, Jesús no habla alegóricamente; no es ese su estilo. Es la Iglesia la que, en fase posterior, en la exposición de la enseñanza evangélica, elabora con más trillado procedimiento la comparación inicial para su mejor comprensión de los neófitos que se acercan a Dios. La alegoría eclesial es el desdoblamiento de la parábola para un servicio más fluido y fácil de asemilar.

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