martes, 1 de mayo de 2012

¿Quién es éste?

    La gente se escandaliza porque, en la sinagoga de su pueblo, acaba de dar pruebas de sabiduría que no encajan en el concepto que ellos tienen del hijo del carpintero. Jesús reconoce que, si le han conocido siempre como un hombre corriente que ocultó su identidad divina, se resistan a recibirle como el enviado de Dios que es. No son los milagros lo que les extraña, porque la falta de fe le impide hacerlos con la liberalidad con que ha procedido en otras partes. Sencillamente, no creen en él.
    La fe es un don gratuito de Dios y hay que merecerla sin resistirse a las mociones con que Dios nos enriquece con su gracia.


Reflexión: Hechos y palabras   

    Al parcelar objetivamente los evangelios, tendemos a discernir lo que Jesús hizo de lo que dijo. Vemos, ya desde el Génesis, que Dios hace lo que dice. Su palabra es activa. No hay separación en Dios de lo que dice y lo que hace. Todo es palabra de Dios.
    Así, aceptar a Jesús es aceptar su palabra, que frecuentemente salva a los que creen en él, mediante su palabra. Hoy ha llegado la salvación a esta casa, le dice a Zaqueo. Tanto es así, que suele usar imperativos cuando establece un deseo. Coge tu camilla y echa a andar, le ordena al paralítico. Que veas, al ciego de Jericó. Mediante imperativos elige a sus discípulos: Sígueme, y le siguen. Son los imperativos de su amor.
    De ahí que, al aceptar a Jesús, aceptamos su palabra. Él mismo es palabra de Dios. Y quien acepta la palabra de Jesús, se hace suyo y le sigue. Era el Espíritu quien le inspiraba hechos y dichos, y nos inspira a nosotros lo que debemos hacer y lo que debemos decir.

Rincón poético

HA LLEGADO LA LLUVIA

Ha llegado la lluvia infatigable.
Y llega en primavera. Está lloviendo
con aquel mismo  ahínco
que sólo pone en el invierno.
Pródiga entonces en llover, alarga
la mano extensa, como un pordiosero,
y nos pide más agua.
Las nubes tienen prisa y se van lejos.
Por alguna razón,
primavera si llueve llueve menos.

En el teclado ya amarillo
de un piano muy viejo
que nadie ve, repiquetea
la lluvia de puntillas con los dedos.
Súbitamente,
el desgarro de fuego
de un rayo exasperado,
tunde la lluvia restallando el fuego,
y en los charcos,
travieso,
igual que un niño,
se revuelca el viento.

Son los caprichos de la primavera
que llega a trompicones, como un viejo.
Ha llegado la lluvia,
una odalisca de verdosos velos,
danzando enloquecida entre relámpagos
estremecidos y espantosos truenos.
¿Qué pensarán las rosas
de una velada que antes nunca vieron?

(De Haciendo camino)

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