jueves, 9 de agosto de 2012

Edit Stein - Teresa Benedicta

    Edith Stein, judía alemana convertida al cristianismo, es una de las mujeres que han acreditado con su vida el testimonio de la fe católica, por lo que el papa la ha nombrado patrona de Europa. En el bautismo adoptó el nombre de Teresa de la Cruz, y bien hizo en apoyar en la cruz la vivencia del evangelio, porque  pronto iba a gustar  los sufrimientos que santificó Jesús. La persecución nazi hizo de ella una heroína de nuestro tiempo. Y la liturgia nos recuerda las palabras del evangelio que nos enseñan a no tener miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma.
No hay motivos para vivir en el miedo, dado que la espada puede suprimir la vida física, pero no el amor de Dios, sobre todo cuando para Jesús, la muerte no es una derrota, sino el arco de una victoria definitiva. Por eso, la confianza en él es el mejor asidero para soportarlo todo, hasta el martirio.
Esa confianza es la que acompaña a Teresa de la Cruz a lo largo del martirio, sabedora de que nadie ama tanto, como el que da su vida por los amigos. Y su amigo era Cristo

Reflexión: La vocación religiosa

    Llamamos vocación a la inclinación que sufre íntimamente el hombre hacia algo y sobre todo a la realización humana  de una determinada forma de ser. En su sentido más original, entendemos por vocación la llamada personal de Dios a servirle de una manera concreta, que llamamos carisma, y así hay monjes moradores de monasterios), frailes (moradores de conventos), religiosos de congregaciones varias, sacerdotes diocesanos, catequistas, misioneros y cristianos en general.
    La Famiiia franciscana tiene como carisma característico encarnar el evangelio de modo radical, testimoniando la pobreza y amor fraternal de Cristo.

Rincón poético

A UN OLIVO QUEMADO

Un olivo añoso
muere en un incendio,
los brazos rendidos,
el tronco maltrecho.
Ya no dará aceite,
ya no dará ungüento.
¿Quién prendió la llama
y escapó corriendo
como liebre herida,
como herido un ciervo?
La mano cobarde
que ha dejado ardiendo
la paz del olivo,
no reparó luego
que en su corazón
ardía un incendio:
la ira, la envidia,
la malicia, el miedo.
Una cueva mira
con sus ojos huecos
y queda perpleja
llorando hacia dentro.
La ceniza exhala
su postrer aliento,
un búho protesta
ululando lejos,
y en la cumbre oscura
gime el monte, negro
como si estuviera
la noche en sus brazos muriendo.


(De Los labios del viento)

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