miércoles, 29 de agosto de 2012

Muerte de Juan Bautista

Aunque de manea muy abreviada, la vida de san Juan Bautista cobra en el evangelio una gran importancia. Sabemos de sus padres, de la singularidad de su nacimiento, su vida austera en el desierto, su papel profético como guía que conduce al camino salvador de Cristo, y de discípulos que a indicación suya pasan a serlo de Jesús. Y finalmente, su encarcelamiento, sus depresiones al ver truncada su labor y su muerte injusta, su asesinato.
    Jesús sigue todas las incidencias más sobresalientes de la vida Juan; lamenta su muerte arbitraria y condena ásperamente a sus asesinos. Su muerte, además, es el signo con que Dios le indica a Jesús que la tarea precursora de Juan ha dado fin y de que es hora de que comience él su vida pública.
    Juan es, por tanto, una figura bíblica, aneja a la de Jesús, que cobra todo su sentido de él, supeditado a su ministerio salvador. Todos los profetas fueron anunciando el mesianismo de Cristo Jesús. Juan es, por eso, el último profeta, que cierra ese ciclo anunciador, ya en vida de Cristo, y el único que tuvo la suerte envidiable de conocer a Jesús, de hablar con él, de bautizarlo incluso, y ser alabado muy por encima de cualquier otro mortal.
    Que él, desde el evangelio, siga indicándonos el camino que va a Jesús, como una luz añadida a la que el mismo Jesús nos presta.

    Reflexión: Un celaje en mitad del cielo

    Al amanecer, el cielo era hoy de un azul suave, transparente como una cala desconocida y limpia. La nubecilla casi insignificante se había aupado al centro del cielo a gran altura, y parecía una mancha de tiza que el viento hubiera desdibujado. Después de la última oleada de calores fuliginosos con que nos ha venido asfixiando el verano, no parecía sino que una bandera blanca ofreciera establecer vínculos de paz y buenas maneras meteorológicas. De hecho, una brisa matinal transcurría fresca y reconfortante, como un anticipo de temperaturas más llevaderas y bonancibles. Mejor así.

Rincón poético

     RÍO EN PECADO

El río no parece,
sino que esté en pecado. Bajan sucias
sus aguas. No conoce
la inocencia del trigo en la llanura
ni el candor de la luz
que mece las estrellas.
Finge llorar; no llora:
pasa sencillamente por los ojos
obcecados del puente.
Ni se atreve a mirar; tiene vergüenza.
Pero no se arrodilla cuando pasa
delante de la ermita.
¿Por qué no sueña al menos
con el agua decente del regato
que tiene a gala la nobleza
de su caudal tranquilo y transparente.
¡Río de barro! Hacia sus aguas grises
nadie se acerca. Hasta su olor repele.
No tiene limpio el corazón. Arrastra
su escozor en el roce de la arena.
(De Los labios del viento)

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