miércoles, 15 de agosto de 2012

La Asunción de María

    Nada nos dicen los evangelios de este hecho memorable, porque su propósito es proponernos los hechos y dichos de Jesús. Cristo, ahora y siempre, ocupa el centro de toda la teología, porque todo se hizo por él y para él. Y las verdades marianas cobran importancia en la medida que quedan implicadas en el hecho salvador de Cristo. La Asunción de María un hecho posterior y dependiente de la Ascensión de Jesús al Padre. María tenía que cumplir todavía su tarea particular en la Iglesia, a la que preside aún moralmente, mientras empezaba a caminar por sendas de firmeza y santidad, y satisfecho este menester histórico de acompañante ejemplar de la Iglesia, es cuando le toca ascender también al cielo, hasta las proximidad gozosa del Hijo.
        En los designios salvadores del Padre, el Hijo es el protagonista que lleva a cabo el proyecto salvador del hombre, pero María es la puerta por donde el Hijo de Dios, se empequeñece y se hace hombre, a la medida de esa puerta blanca y pura que es la humanidad de María. El papel de la Madre es, después de Jesús, el más singular de todos, ya que queda incluida, en todo momento, en la obra salvadora del Hijo, como Madre suya.
       Desde su muerte, María se alza como mediadora entre su Hijo y los hombres, hijos suyos también.

Reflexión: Vocaciones

    La Conferencia Episcopal comunica que en el curso 2011-2012, el número de vocaciones ha aumentado, pasando de 1227 el pasado año a 1278 en el año en curso. La cifra no es como para batir palmas en sí misma, ya que la diferencia no es notable, pero sí lo es el sesgo que toma la trayectoria, que en lugar de declinar como venía sucediendo, apunta un asenso que va a más.
    El periódico ABC lo ha corroborado, a raíz de la conversión religiosa de la cirujana torácica de la Clínica Universitaria de Navarra, Akiko Tamura, hoy ya carmelita en la clausura de las Descalzas de Zarautz (Guipuzcoa). Que cunda el ejemplo, porque la mies sigue siendo mucha.

Rincón poético

RECONOCIMIENTO

Jesús, tan solícito,
tan manso y tan tierno,
has puesto en mi hombro
tu mano de hierro.
No sé bien, Jesús,
cómo es que te quiero.
Sanabas a cojos,
curabas a ciegos,
soportabas mal
ver a alguien sufriendo.
¿Como he de entender,
si cabe entenderlo,
que en mi hombro descargues
tu mano de hierro?
No sé yo, Jesús,
cómo es que te quiero.
¿Será que te encarnas
en el sufrimiento?
¿Eres tú quien duele
con rabia en mi cuerpo?
Si es así, Dios mío,
empiezo a entenderlo.
Descansa en mi hombro
tu mano de hierro.
Ahora, mi Señor,
sé por qué te quiero.

(De Los labios del viento)

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